Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Mordió. Con todas sus fuerzas, como un perro rabioso.

Mordió la mano del tuerto con una dentellada salvaje.

Y, cuando Lamas se echó atrás, con una maldición llena de eses y salivazos, el Cuatrohostias mordió también el flanco del borrico, en la tierna carne entre las costillas.

Se llenó la boca de pelo sucio y suave, del sabor a cuadra y mierda, pero mordió, tan fuerte como pudo.

El borrico rebuznó como si el mismísimo diablo se le hubiera metido por donde el rabo hacía sombra. Se sacudió como un poseso. Pateó. Brincó. Empezó a soltar coces.

Una se estampó en uno de los postes que aguantaban la media altura donde se almacenaban fardos de heno, y llovió dentro de las cuadras, llovieron chinches, pulgas, pajuelas y hasta un ratón que, con un gemido asustado, salió corriendo hacia una esquina, entre los cascos de los sementales.

El Cuatrohostias cayó al suelo. Se mordió la lengua. Se le escapó el aire de los pulmones con un silbido ronco y un crujido. Como poco, lo supo enseguida por el brutal dolor, se había partido dos costillas.

—¡Te voy a...!

Las eses y los salivazos se frenaron en seco. Lamas no llegó a terminar. El borrico, enloquecido, lo alcanzó.

Una coz se estampó en los riñones y lo envió volando, como un pelele, contra la puerta de una de las cuadras. Los sementales piafaron, relincharon y patearon también.

El borrico salió por el portón como la más noble carga de caballería que jamás hubiera visto el Cuatrohostias, salió de las cuadras como si llevara encima al mismísimo Mio Cid, con la espada desenvainada y cargando contra los moros en aquella leyenda de Bairén.

Y el capitán reaccionó de inmediato.

No fue heroico. No tuvo gracia. Y tampoco honor.

A ridículos saltos, con los pies aún atados, con un lamento en cada uno por culpa del costillar roto.

Y ni siquiera empuñaba hierro. Le cayó encima a Lamas, de cualquier manera. Con un gruñido. E intentó estrangularlo con las manos atadas.

En los callejones de Compostela hubo pilluelos regañando por un mendrugo que pelearon con más gallardía que aquellos dos hombres curtidos.

El rostro de Lamas enrojeció. La cicatriz palideció. Luego al revés. El único ojo abultó los párpados, como un hongo a punto de brotar en el suelo del bosque. Y un rodillazo estuvo a punto de castrar al Cuatrohostias, que tuvo el mérito de aguantar y de seguir apretando.

Aquel cabronazo se empeñaba en seguir vivo. Aún respiraba.

Y las manos del Cuatrohostias resbalan en aquel pescuezo de anguila.

Se escupieron, se insultaron. Terminó por cogerlo del pelo y sacudir. La cabeza de Lamas se estampó contra una bosta que amortiguó el brutal golpe. Pero el Cuatrohostias insistió.

Una y otra vez.

Salpicando mierda y sangre.

Cabellos sueltos se enredaban en los dedos, sudorosos, pegajosos de mierda y sangre.

Pero, mala hierba nunca muere, y Lamas no sólo había encontrado fuerzas para el rodillazo, intentaba agarrar las muñecas del capitán para detenerlo.