Suseia (Camino de Santiago 2) V
93%

V

Antes de salir de las cuadras, tenía una catedral que consagrar y una conjura que tejer, el arzobispo le dejó a Lamas una última orden.

—El rey lo nombró maese...

Había dejado Suero que las palabras se hundieran y, cuando llegaron al fondo, sin que aquel hoyuelo se moviera, remató.

—Lo quiero colgando, como a su padre.

Y el jaque, con el trapajo sucio en las manos, pensaba qué lugar sería el mejor para ahorcar al cantero antes de atar la mordaza.

—De una de las torres —se dijo el tuerto a sí mismo.

Se rio con aquella risa suya de fuelle roto. Que era todo aire. Y meneó los dedos de la mano, como las piernas del muerto bajo el dogal, de un lado a otro.

Le gustaba su trabajo.

—Tu padre era sarraceno —escupió el Cuatrohostias, incómodo, casi sin aire por culpa de que se le clavaba en las tripas el espinazo del borrico—, tu madre, una hechicera mora de las que ululan como putas rapaces mientras le cortan los huevos a los moribundos.

Y tú —una pausa cargada de odio— eres un cabrón de mierda.

Tenía que haber acabado contigo hace veinte años, cuando lo de aquel panadero.

Se habían quedado solos.

El gordo y sus pelirrojos iban camino de la casa, para quemarla.

—Que ella esté dentro. Y que parezca que han sido los castellanos —había ordenado el arzobispo.

Los dos jaques iban camino de la catedral, de aquel almacén donde se terminaba la última pieza, como toda Compostela sabía. Buscaban a Mateo, al hijo.

Y Lamas se encargaría de ir a por el maese al herbolario de Antealtares. Pero antes tenía que ocuparse del capitán. Una última tarea antes de asuntos más relevantes.

—En cualquier esquina —había ordenado el arzobispo—. Castilla, quién sino se atrevería a asesinar al capitán del obispado de Compostela.

Así que los dos jaques habían puesto al Cuatrohostias encima del borrico que compartía cuadra con los sementales, y se habían marchado.

A lomos del animal, tirado como un fardo, el capitán mordía las maldiciones que le cruzaban el ceño fruncido.

Iba a morir.

Y había sido un imbécil.

Lamas se acercó con aquel trapajo en las manos, sucio de la grasa de oso para lustrar la guarnicionería, iba a amordazarlo.

La cicatriz que le partía la cara brillaba y, aun deforme, la sonrisa anunciaba su buen humor.

Al Cuatrohostias le hervía la sangre, y no pensó lo que hacía.

Lo hizo.

Sin pensar que, casi seguro, saldría mal.

Las manos de Lamas se acercaron con aquel trapajo grasiento. El capitán alzó el rostro, lleno del tufo a paja y cagajones que impregnaba el pelaje gris del borrico.

Iba a mandarlo a tomar por saco, a freír espárragos, a que se sentase en su propia daga.

Y cambió de idea.