Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Había restos de las canteras, y de las obras de la catedral, grandes y pequeños, como en los viejos humilladeros de las antiguas costumbres.

Y la ciudad se veía a lo lejos, más allá, vistiéndose de amanecer.

El rey Alfonso era ya un hombre. Era padre. Y en la barbilla tenía una barba que ya no bastaba con afeitar los domingos y las fiestas de guardar.

Se había endurecido. Las traiciones, el poder, la ambición lo habían tallado, como a la piedra, bajo el peso de la corona. Y, como con la piedra, había pagado el precio.

—Es un avispero.

Una voz familiar a sus espaldas. La voz de uno de sus capitanes. Un atajador, el mejor de ellos, uno que juraba que había aprendido con un loco escapado del silo de Alarcos.

—Ha habido muertos.

Llevaban dos días allí, en el alto que llamaban del Milladoiro, esperando el momento oportuno de entrar en la ciudad para consagrar la maldita catedral que estaba arruinando a la Corona de Galicia y León.

Tenía el rey la herencia de su padre en el rostro y en las maneras. Se había vuelto un hombre corpulento, con la voz gruesa, con el rostro curtido. Y aquella expresión, la misma que su padre, de fiera con hambre y enjaulada.

Y su capitán, a quien le faltaban dos dedos en una mano, que tenía un lado de la cara atravesado de cicatrices, las que había dejado la grava cuando una caída del caballo lo arrastrara en medio de los castellanos por más de cien pasos, su capitán acabó por decir lo que, hasta entonces,

no se había atrevido a decir.

El rey Alfonso lo conocía bien, a su capitán, y la preocupación le bailaba en la voz.

—Habrá castellanos. Podrían intentar algo.

El rey, sin volverse, con los brazos cruzados sobre la túnica, donde fieros leones paseaban por su pecho, contestó abriendo apenas la boca, por la comisura de los labios, con el ceño fruncido.

—¿Y qué diría el cabrón de mi primo?

Lo de su capitán era la guerra, no la política. Y su capitán calló. Y el rey volvió a hablar:

—¡Vamos!