Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

—Mateo...

Eso fue lo que dijo Aldonza, en una agonía, bajo tortura. Y el frade, confuso, tuvo que preguntar.

—No, no —aclaró Aldonza—. Nuestro hijo —con un hilo de voz.

Y señaló aquel papel que, por un lado, tenía notas sobre una receta con aceite de enebro y bayas de espino, y un garabato propio del aburrimiento, y que, por el otro, guardaba un dibujo.

Gutierre entendía de hierbas, pero también de almas. Y lo supo, no lo entendió, las almas no siempre se entienden, casi nunca se entienden...

No lo entendió, pero lo supo, lo supo con tanta certeza que su corazón ganó peso. Ella tenía razón.

—Ha ido a buscar a Mateo —balbució Aldonza—. ¡Ha ido a buscarlo!

El frade lo supo. Había urgencia, peligro. Algo terrible iba a suceder. Y todo su ser le gritaba que ella estaba en lo cierto.

—Algo va a pasarle —insistió.

Sus ojos, los de ella, los dos del color del ámbar de los orfebres, ojos que ahora, por primera vez en años, brillaban con vida, rebosaban pánico.

Como los del dibujo. Los pequeños ojos del dibujo vibraban con terror.

Con cansancio. Era un dibujo maravilloso.

Encogía el alma. Las espinas, afiladas como la corona del mismo Cristo, listas para apuñalar.

Vibraban. Como si el viento hubiera quedado prisionero en el papel.

—¡Vamos!

Ella se ponía en pie, se dirigía a la puerta.

El frade tropezó, con la sorpresa, con sus propios pies. Pero la siguió, ¿qué otra cosa podía hacer? Y el papel quedó atrás, meciéndose como una hoja otoñal.

Por un lado, los garabatos de una receta. Por el otro, un dibujo.

Cayó sobre el catre. Se posó.

Un gorrión, agotado, lleno de miedo. Trazos de carbón del hornillo donde calentaba sus tisanas el frade.

Un gorrión, frágil, a punto de romperse como una rama bajo la nieve.

Intentaba posarse y no había otra cosa que la maraña de un espino.

Furioso. Erizado con líneas donde el carboncillo había apretado hasta rasgar el papel.

Entre las afiladas espinas y el pajarillo una mano.

Una mano igual de cansada, una mano a punto de quebrarse. Una mano que se ofrecía a recogerlo.

Una mano rajada por las cicatrices.