Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

Hacía demasiado. Tanto que dolía.

Hacía demasiado tiempo que no se despertaba con esa agradable tibieza. Sin más prisa que la de estirarse y bostezar.

Volvía a marchar bien. Por fin.

No del todo. Aún tenían mucho de qué hablar. Qué había dicho él.

—Un joven y un anciano...

Bostezó, aún parpadeando, molesta por la luz que se colaba en el herbolario.

—¿Cómo dijiste que se llamaban?

Aldonza hizo la pregunta mientras abría los ojos, buscando a Mateo con la mano.

Y en un catre tan pequeño era imposible que no lo hubiese encontrado ya.

—¿Mateo?

La tierra se abrió, cayó de pronto en un pozo. Regresó el frío. Y el miedo. Y odió la familiar sensación que la envolvió. Llevaba tantos años en aquel pozo.

Siguió palpando, incapaz de creer que ya no estaba. Ahogándose en aquel maldito pozo en el que llevaba años ahogándose.

Palpando como su hijo palpaba, en ese instante, la bolsa en su cintura.

—¡¿Mateo?!

Entró el frade Gutierre, con dos tazones de leche recién ordeñada en los establos del monasterio y comprendió, de inmediato, que algo iba mal.

—Se ha ido...

Esas primeras palabras de Aldonza fueron un lamento, se le atragantaron. Las siguientes, un torrente desbordado que salpicó noches de helada, melodías imposibles, pactos con el diablo y, por encima de todo, miedo. El miedo sobre el que Mateo le había hablado. Y el miedo de Aldonza.

Y el frade ya la tenía en sus brazos, intentando que pasasen el temblor y las lágrimas, susurrando, porque no sabía qué otra cosa hacer, que todo iría bien y, cada vez que el hipo rompía las palabras de Aldonza, el herbolario sentía una pena tan honda que pensó que jamás podría levantarse.

—¿Qué es eso?

El frade Gutierre se sintió mal de inmediato. Torpe. Desconsiderado. La había interrumpido cuando debía consolarla. Pero no había podido evitarlo.

La dejó en el catre, como si depositase un vaso lleno a rebosar, y se acercó a la enorme mesa, que no estaba como él la había dejado la noche anterior.

Y volvió con algo en las manos y una pregunta por contestar.