Ángel y gorrión
I
No quería ser su padre. Sin embargo, cada día se parecía un poco más.
Entre zancada y zancada el hijo llevó la mano a la bolsa, como tantas veces había hecho el padre.
Un palomo, subido a una gárgola, a treinta varas de altura, lo vio trastear con desesperación. Palmearse la cintura, rebuscar en la bolsa, dejarse llevar por el ansia.
—La concha...
La bolsa estaba vacía.
Dio la vuelta sobre sus pasos, con prisa. Echó a correr. No volvería jamás a pisar la catedral, nunca, jamás, en toda su vida, por nada del mundo, pero ahora, ahora, tenía que regresar.
Aquella concha era para su hija.