XXV
El único que los vio fue un palomo que se atusaba las plumas en lo alto de una gárgola, una de aquellas a las que Hidacio chillaba.
Se acicalaba esperando un día de amoríos y, feliz, se cagaba impúdicamente en las calles de Compostela, encendido con el amor que anunciaba la llegada del buen tiempo.
Su única preocupación eran los halcones que anidaban en las nuevas torres de la catedral.
Del mercado de peregrinos y de las tabernas conseguía comida más que suficiente. Estaba gordo y lustroso.
Y paseó arriba y abajo, por la espalda de aquel hombre que algún cantero había tallado para que abriera bien las cachas y dejase escapar la lluvia como una diarrea galopante.
Y él fue el único que los vio.
Los conocía a ambos, por supuesto, quién no conocía en toda Compostela a los dos Mateos, padre e hijo. Los canteros.
A uno lo vio cuando subía por la espalda de aquel hombre hecho en piedra y colgado a treinta varas del suelo. A otro cuando bajaba hacia aquellas nalgas bien abiertas.
Uno iba. Otro venía. No se cruzaron.
El apóstol intentó el milagro, eso hubieran creído algunos. Y otros hubieran asentido, y hubieran dicho que el mismísimo demonio había evitado que padre e hijo se encontrasen.
No se cruzaron.
Ni siquiera se vieron. Padre e hijo no llegarían a saberlo jamás. Habían estado a punto de encontrarse.
Si lo hubieran hecho, quizá, sólo quizá, todo hubiera sido distinto.
Cousa do demo.