XXIV
Oh, discordia.
La culpa se sacudía dentro de él. Y no hacía caso. Se había vuelto rabia.
Mateo, el hijo, tomó una decisión.
Miró a aquel ángel.
Quizá podría intentarlo. Quizá podría acabarlo. Mejorarlo. Quizá. Hacer una pieza que se acercase a las de su padre. Apenas nacía la mañana y podía cumplir con su palabra. Unos martillazos más.
Miró a aquel ángel. Y tomó una decisión. Una decisión cobarde.
—Maledito. Ojalá te enculen todos los demonios de los infiernos.
Pateó los cinceles, las piedras sueltas, la maceta. Lo pateó todo.
—Itoiz. No. No como él. Veré crecer a mi hija.
El ángel no contestó. Ni siquiera se indignó. Se quedó donde estaba. Pero Mateo no necesitaba una respuesta. Ya las tenía todas. Equivocadas. Pero las tenía.
Cogió entre sus manos aquel dibujo sobado, lo rompió en mil pedazos que cayeron como nieve en verano. Se derritieron sobre las gravas, los hierros y los martillos, en aquel almacén que había sido música.
—No seré mi padre.
Y sacó de la gamuza aquel cortaplumas y aquella llave.
Salió. Con un destino en mente. El palacio del obispo, los viejos establos, por allí andaría el Cuatrohostias, le daría al capitán las pruebas de que su padre era un asesino.
—Un asesino y un loco —dijo ya en el pórtico, como si el ángel aún pudiese oírle—. Demenció.
Como si el ángel pudiera oírle y aquella culpa que sentía no. Caminaba con prisa, a grandes zancadas. Eran apenas unos pasos.
Así, solo, como si las piedras escuchasen, también hablaba su padre.
Discordia.