Suseia (Camino de Santiago 2) XXIII
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Aunque el Cuatrohostias cerró los ojos, veía a aquel buitre arrancando las entrañas del cordero. Y el cordero, aún vivo, agonizante, balaba lastimero.

Aquel sonido, aquel lamento, se lo llevaría a la tumba. Como los gritos de su hermana cuando los moros la violaron.

Y el arzobispo siguió hablando:

—Este malhablado, los dos Mateos, cualquiera que sepa, adivine o intuya —inexorable—. Cualquiera. Todos muertos.

El Cuatrohostias jamás había lamentado tanto el haberse equivocado.

—Y vais a empezar por la casa del hijo —ordenó Suero—, la quemáis.