XXIII
Aunque el Cuatrohostias cerró los ojos, veía a aquel buitre arrancando las entrañas del cordero. Y el cordero, aún vivo, agonizante, balaba lastimero.
Aquel sonido, aquel lamento, se lo llevaría a la tumba. Como los gritos de su hermana cuando los moros la violaron.
Y el arzobispo siguió hablando:
—Este malhablado, los dos Mateos, cualquiera que sepa, adivine o intuya —inexorable—. Cualquiera. Todos muertos.
El Cuatrohostias jamás había lamentado tanto el haberse equivocado.
—Y vais a empezar por la casa del hijo —ordenó Suero—, la quemáis.