Suseia (Camino de Santiago 2) XXII
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El espanto clavó sus garras en el gordo cogote de García Rodríguez y, por primera vez en su vida, encontró los escrúpulos perdidos cuando su avaricia había aceptado el trato del arzobispo.

—¿No han muerto ya bastantes? ¿No...? ¿Ya...?

Le temblaban tanto las papadas que su rostro se volvió borroso. Pero llevaba cuarenta años tomando impulso, y ahora, por fin, había conseguido echarse a andar.

Tenía miedo. Se había vuelto rico, inmensamente rico, pero tenía miedo. Estaba harto. García Rodríguez apenas respiraba. Y por fin escuchaba al angelillo que susurraba angustiado junto a su oreja. Había encontrado a su conciencia, algo pisoteada y maltrecha, pero la había encontrado.

—No lo haré —dijo con una firmeza que temblaba como sus papadas—, no. Es una salvajada. No son modos. No lo haré.

Incluso el Cuatrohostias se guardó las blasfemias. Y observó.

Como si hubiera eco, las órdenes del arzobispo aún revoloteaban por las lujosas cuadras del prestamista.

A Lamas le iban bien. Le daban igual mientras se quedara con el negocio del hebreo.

Los canónigos habían asentido solemnes.

Y el Cuatrohostias se había resignado, se sabía muerto desde que Suero entrara en las cuadras.

Pero a García Rodríguez le había entrado el valor.

—Compramos a Cirilo —se quejó el vinatero—. Lo compramos.

Y ya no podía parar, atropellaba las palabras con cada resoplido.

—He hecho siempre lo que habéis ordenado. Siempre.

El arzobispo se pellizcaba aquel hoyuelo del mentón y su expresión era la de un leñador ante un árbol a medio talar, decidiendo si caería como debía o necesitaba unas sogas trincadas en las ramas.

—Pero... Pero se acabó —intentó sentenciar el vinatero—. ¡Está embarazada!

Y el Cuatrohostias tuvo la certeza de que, por primera vez, veía el auténtico rostro del arzobispo.

No era aquel rostro recio y duro, con amabilidad escondida, noble, no era el rostro de un estibador del Ulla con el que compartir unas jarras donde la Juana.

Se acordó de su juventud, allá en la frontera, de aquella niñez salvaje entre moros y cristianos, todos cabrones, que se aprovechaban del desvalido.

Los buitres, grandes buitres disputándose la carroña de un cordero despeñado por un desfiladero. Aquellos cuellos sin plumas, manchados de sangre y cuajarones, aquellos ojos brillantes, el pico, como un garfio de carnicero.

Aquél era el rostro del arzobispo, el de un buitre.

Y Suero trasteó entre sus ropas hasta sacar un sencillo crucifijo de madera que se antojaba poca cosa para todo un arzobispo de Compostela.

—Se rumorea que la violaron.

Al unísono, como una bandada de pajarillos, los canónigos dieron un saltito hacia atrás. Y en la cara marcada de Lamas apareció una extraña sonrisa, como si le resultase familiar la acusación.

—Al pie del altar mayor —continuó Suero—, la turbamulta se hizo con ella, con toda una emperatriz, y se dice que la violaron.

El rostro del vinatero temblaba y Suero fingió ser maestro, un paciente maestro explicándole la lección de gramática a un alumno poco aventajado.

No engañó a nadie. El Cuatrohostias veía a aquel buitre, sacudía el pico para desgarrar un tierno pedazo de hígado.

—Durante las revueltas. Gelmírez escapó, ¡disfrazado! Pero a la muy emperatriz, a la reina de Galicia, León y Castilla, a la gran Urraca —Suero escupió los títulos como flema ponzoñosa—, a ella, casi le cuesta la vida.

Estaba a un palmo del mercader y García Rodríguez ni siquiera respiraba, empequeñecía. Ni se atrevió a ordenarles a sus matones que se hicieran cargo. Y los dos pelirrojos vigilaban a los dos jaques tras Lamas. Los unos no se fiaban de los otros y los otros de los unos.

Demasiados perros para un mismo hueso.

—Esto fue todo lo que quedó —espetó Suero.

Y enseñó aquel crucifijo.

El tono, un pellizco, sólo un pellizco más alto. Lo afilaba, preparándose para cortar.

—Esto fue todo —repitió Suero—. Nada más.

García Rodríguez, perdido, abrió sus labios, gordos y trémulos, para decir algo. Y el arzobispo no le dio oportunidad.

Graznó, como un buitre. Dispuesto a hincar su pico sanguinolento en aquella cara cebada y arrancar los ojos de cuajo.

—¡Esto fue todo lo que le quedó a mi familia! ¡¡Esto!!

Sacudió el crucifijo ante los pequeños ojos del mercader, a punto de golpearlo.

—¡¡¡Esto!!!

Tomó aire. Intentó calmarse.

—Urraca, esa Jezabel —logró bajar el tono y hablar con pausa, incluso sonrió—, bien la describió el mismo Gelmírez. Esa pérfida hija de Eva, esa mujer, esa sierpe, se cobró su venganza, vaya que se la cobró.

Y, de inmediato, con otro ridículo saltito atrás de los canónigos, Suero volvió a gritar. Tronó. Con todo el aire de sus pulmones y todo el odio de su alma podrida.

—¡¡¡Llegó mi hora!!!

Pegó el crucifijo a la frente del mercader, y apretó con fuerza. Las gorduras del vinatero blanquearon, enrojecieron, y todos oyeron el chorro que se escapó en las sedas de su entrepierna, que cayó a sus pies, caliente y hediondo. Imposible de disimular pese al quintal de afeites de Tierra Santa.

Suero apretó. Y apretó más, hasta conseguir que García Rodríguez se arrodillase en sus meados. Estropeó algo más que la entrepierna de sus ropas de lujo.

Y el arzobispo bajó el tono, casi en una reprimenda, como si le molestase haber perdido los nervios.

—Y no voy a consentir que un mercader avaricioso —dijo asqueado—, un descreído adorador del falso vellocino, una sabandija como las que el buen Señor echó del templo a patadas, eche a perder lo que tantos años me ha costado.

García Rodríguez se derrumbó, acabó por meter las manos en los regueros de sus propios meos. Y en su frente brotaba un cardenal de rojo intenso que tenía forma de crucifijo.

—Ni Alfonso, ni su primo en Castilla. Ni ellos, ni ningún otro bastardo que lleve la sangre de esa Jezabel. Ni uno solo vestirá la corona. ¡Ni uno!

Con una sacudida, el Cuatrohostias comprendió.

San Pablo había caído del borrico. Al Cuatrohostias la verdad no lo tiró al suelo, lo coceó rebuznando como una descosida.

Su memoria señaló, aquí y allá, recuerdos que brincaron entre la oreja buena y la mala.

Las Cortes de León, a punto había estado el rey de quedarse sin el trono. Y los mercaderes que metieron los hocicos.

Y no llevaba la Corona cuarenta años pagando de más por el lapislázuli. Y no estarían esos putos maravedíes en las putas bolsas de los Traba aquí y de los Lara en Castilla. Y no se había rebelado el cabronazo del conde de Traba. Y no había atacado el maldito Portugal en tiempos del viejo rey.

Ahora el Cuatrohostias lo veía, como un jodido rastro en jodida nieve fresca. Y era el que hablaba quien había dejado aquel rastro: el arzobispo Suero.

—¡La sangre de esa perra se extinguirá!

Bramaba. Desatado. Apocalíptico. Alzando los brazos. Escupiendo condenas.

—Sepultaré ese linaje podrido. ¡A cualquier precio! Se arruinarán —agitando aquel crucifijo—. Los lincharán —a un lado y a otro—. No quedarán ni sus cenizas.

El arzobispo se detuvo. Resolló, como una bestia. Y sonrió. Y al Cuatrohostias le pareció que echaba el pico atrás y tragaba un sanguinolento pedazo de hígado.

—Puedes continuar enriqueciéndote o puedes morir...

Y, sin esperar la respuesta del mercader, el arzobispo repitió las órdenes. Y, por terribles que fueran, todos allí supieron que se cumplirían.