Suseia (Camino de Santiago 2) XXI
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XXI

Una nota.

Dos.

Un acorde.

La melodía se coló dentro de él, como miel goteando, espesa y pegajosa. Poco a poco.

Al principio pensó que era su hijo, su hijo tocando aquel día, el día en que habían descubierto el pórtico.

Su hijo, a quien no había podido decirle que estaba orgulloso, que lo quería. Su hijo, el niño que hacía volar gorriones.

Mateo se revolvió incómodo en el catre. Y Aldonza, que seguía allí, a su lado, sin despegarse, perdió la mano de su esposo, que se crispó en un puño.

Ella no se dio cuenta, estaba agotada, dormía allí, mal sentada, junto a él, con la cabeza apoyada en el catre. Y el cansancio, las preocupaciones, el miedo la obligaron a seguir durmiendo mientras su esposo se agitaba.

Y Mateo se agitaba.

Una nota.

Dos.

Un acorde.

La melodía ya no era miel. Era barro espeso. Subía de volumen. Ganaba intensidad, y velocidad.

Mateo se sacudía en sueños. Tenía tanto que decirle a su hijo. Había dejado tanto sin hacer. La piedra había exigido su precio. Exigía su precio.

Las notas corrían. Bellas, joyas en el aire. Delicadas, mariposas en torno a una rosa.

Tenía que hablar con su hijo, con el niño que echaba gorriones a volar.

Pero no era su hijo.

Mateo despertó, envuelto en sudor y miedo. Y tuvo un solo instante de paz. Uno solo, cuando vio la cabeza de su esposa junto a su muslo. Una noche más velándolo, en aquel asiento incómodo, se había negado a echarse en el otro catre.

Ella le había dado de cenar, cucharada a cucharada. Ella le había limpiado la barbilla. Ella le había dado un beso, dulce y largo, y le había dicho que durmiese.

Y qué había hecho él.

Alejarla, romperla.

—Aldonza...

Cuántos años hacía que no había pronunciado su nombre así, como una caricia.

Tenía que hablar con su hijo, con su esposa. Tenía que pedirles perdón. Tenía que decirles que los amaba.

Recuperó entre las suyas la mano de su esposa. Por primera vez en años, no recordaba cuántos, no quería salir corriendo hacia sus piedras, no quería continuar con las obras de la catedral.

Sólo quería quedarse allí, junto a ella. Pedirle una y otra vez perdón.

Sus manos, castigadas por el trabajo, parecían una prisión para la de su esposa, delicada como un pajarillo. Como un gorrión.

Mateo sonrió. Sonrió por primera vez en no sabía cuántos años.

No había más luz que la palmatoria que Gutierre había dejado en aquella enorme mesa suya. Y retales de la amanecida, que se colaba tímida, lechosa, por las ventanas.

Sujetó la mano de su esposa como si fuera barro deshaciéndose entre sus dedos, con infinito cariño.

—Se acabó —susurró Mateo—, fine. Se acabó...

A sus ojos acudieron lágrimas, y en su pecho crujieron los pedazos de su corazón. Intentaba recolocarlos. Levantar con ellos algo mucho más importante que la catedral de Compostela. Que cualquier catedral.

—No volveré a coger un fierro yo —prometió con la voz tomada, con uno de aquellos pedazos en la garganta—. Nunca más.

Sonrió.

—Venderé tortas de ghandelo con Cirilo.

Apretó levemente la mano de su esposa. No quería despertarla. Tenía que decirle mil cosas. A ella y a su hijo. Pero no tenía prisa. Había tomado una decisión.

—Se acabó —repitió, entre labios agrietados.

Un susurro. Un susurro que el miedo no debía oír. Porque, y si la piedra no se consideraba pagada, y si la piedra quería más. Cómo se atrevería.

Y sus ojos, uno de cada color, brillaron con determinación.

—Finé.

Estaba despierto, pero la melodía continuaba en su cabeza.

Una nota.

Dos.

Un acorde.

Su hijo había domado el aire. Y Mateo se sentía orgulloso. Tenía tanto, tanto que decirle.

—Lo...

Miró a su esposa. Había canas en su larga melena, y pequeñas arrugas se escurrían hacia sus párpados cerrados. Y el cuello, aquel largo cuello por el que tantas veces habían peregrinado sus besos.

Ella abrió los ojos, y los alzó, y lo vio.

Los años no le habían robado una pizca de su belleza. Era bella, seguía siendo bella porque, al mirarla, Mateo sintió que regresaba al hogar.

—Siempre has sido...

Ella, infinita, le hizo a Mateo sentir vergüenza. Ella no se había descarriado.

—La he visto —dijo Aldonza.

Y la había visto, su rostro, el rostro de Aldonza era el de la mismísima Virgen María en el coro que Mateo había tallado.

—Es preciosa —dijo tímida.

Aldonza tenía razón. No había una talla más bella en toda la cristiandad.

Y Mateo consiguió, al fin, decir lo que tenía que haber dicho mucho antes, lo que llevaba cuarenta años atascado en el fondo de su garganta.

Aquellos pedazos en su pecho crujieron de nuevo, al intentar colocarse.

—Lo siento...

Lágrimas. Lágrimas en los ojos, uno de cada color.

—Yo...

Ella se acercó. Seguía siendo aquella muchacha llena de sueños.

—Serás maese —le había dicho tantos años atrás.

Ella nunca le había fallado. Y la agonía destrozaba a Mateo.

—¡Lo siento!

Lo calló con besos. Un beso tembloroso en la comisura de los labios. Notó la barba áspera. Otro sobre la boca, como si se hubiera posado allí un animalillo tembloroso. Otro más en la mejilla.

Él intentaba reunir palabras, ella no le dejó.

Un beso.

Dos.

—Lo sé —dijo ella sujetándolo entre sus brazos, sosteniéndolo como a un desvalido.

Y fue él quien la hizo callar.

Habían pasado más de cuarenta años. Y se refugiaron una vez más, el uno en el otro.

Un beso.

Dos.

Se encontraron de nuevo. Torpes al principio. En aquel catre estrecho. Divertidos, con prisa por temor a que volviera el herbolario y los descubriese. Con ansia, porque estaban sedientos. Con calma porque ya no eran jóvenes. Con ardor porque algo quemaba dentro de ellos. Con deseo. Con pasión.

Con todo.

Ayer, lejos. Mañana, tarde.

Hoy. Ahora. Se habían quedado sin nada. Se lo dieron todo.

Todo.

Perdidos, se encontraron. El uno al otro.

Sus manos, sus besos, sus cuerpos dijeron más que cualquier palabra. Sus cuerpos fueron sinceros.

Él se refugió. Ella lo acogió. No hacían falta palabras. Ni una sola. Bastaba aquel mecerse juntos. Olas en la playa. Llamas en un leño. Dos convertidos en uno.

Hicieron el amor.

Y se acurrucaron juntos, como uno solo, agotados, satisfechos, en aquel estrecho catre mientras la amanecida se levantaba y la luz hacía arabescos en el suelo del herbolario de Antealtares.

Ella se durmió en su abrazo. Y Mateo permaneció despierto. Soñando. Sin pesadillas.

Una nota.

Dos.

Un acorde.

No recordaba haber sido tan feliz. Nunca. Se había terminado.

Y la melodía continuaba. Podía oírla. Creciendo, subiendo de volumen. Aquella melodía que estaba hecha de gorriones que echaban a volar. La de su hijo.

Una nota.

Dos.

Y llegó aquel acorde. Aquel acorde se colgó en el aire, estridente.

Un escalofrío sacudió el espinazo de Mateo. Le dio una patada brutal.

No era una, eran dos. Enredándose, apareándose, imposibles. Subían, crecían, como una marea de sangre batiendo contra una pila de cadáveres. Dos melodías, tan rápidas que enloquecían.

Retorciéndose como sierpes bajo el calcañal.

No era la música de su hijo.

Escuchó un crujido. Inconfundible. El castaño, empapado, se tragaba la helada y hendía la piedra.

—¡No!

No era posible, estaba en Antealtares, en el monasterio de San Paio. No estaba en los talleres, no era noche de blanca helada.

—Itoiz!

Dos melodías enredadas, rápidas, más rápidas, imposibles. Vertiginosas. Endiabladas.

Crujió la piedra. Gritó el castaño. Llegó la niebla helada.

Allí estaban, un joven y un anciano.

Oh, discordia.

Junto a la larga mesa del frade Gutierre. Allí, en la luz de la amanecida, sacándole la endiablada melodía al terrible instrumento.

Estaban allí.

Discordia.

Allí.

Acab y Acaz.