XX
Al Cuatrohostias le jodía equivocarse, hacía que le hirviera la bilis. Siempre había sido un hombre al que le costaba bajarse de la burra, aunque sólo fuera para no verse obligado a admitir su error.
En esta ocasión no le dolió.
Fue tal la sorpresa que ni siquiera se le ocurrió lamentarlo.
Lo vio entrar y, como si le hubiera caído encima un cubo de agua fría, comprendió.
Era lógico. Y él había sido un imbécil. No se había hecho las preguntas adecuadas.
Ahora entendía los briales, las sedas y los brocados del gordo García Rodríguez, con sus potingues y afeites.
Ahora comprendía cómo Lamas llevaba al cinto una daga de Damasco con una empuñadura rematada en filigranas de oro.
Si incluso la pelliza del jaque era del mejor cuero de anca de potro.
Con el sueldo que le pagaba el cabildo, el Cuatrohostias tendría que haber ahorrado cuarenta años para pagar algo así.
Ahora lo entendía.
Cómo podía ser que a un maestro de la reputación de Arrio se le derrumbase una torre que, además del terrible precio en vidas, retrasaría aún más la catedral.
Cómo iba a encargarse de las obras un jovencísimo Mateo, el hijo de quien había causado semejante desgracia.
Cómo, más de veinte años después, cuando faltaba tan poco para terminar, las cosas se habían vuelto a estropear.
Y, para colmo, ahora el maese era el nieto de quien había causado aquella desgracia, y el hijo de un loco.
A quién beneficiaba que la catedral de Compostela tropezara una y otra vez.
No se trataba de cobrar. Se trataba de que alguien siguiera pagando.
Había sido un imbécil.
Lo vio llegar y lo miró a los ojos, sin miedo.
Hubiera dado la otra oreja para estar de pie, sin ataduras y con la daga en la mano, lo hubiera destripado allí mismo.
Sin temor a las consecuencias. Porque, por el turbante del jodido profeta, el mismo rey lo ejecutaría, en persona, incapaz de creer su versión.
Nadie le creería. No tenía pruebas, sólo lo que gritaban sus tripas y que aquel hijo de la grandísima puta estuviera allí, en pie, en las cuadras del prestamista.
Lo ejecutarían, ahorcado, como un ladrón. Y dejarían el cuerpo en las picotas de la Trinidad. Aun así, lo habría hecho.
Con las manos.
Con los dientes.
Con lo que cojones fuera.
—Diecinueve murieron —escupió el Cuatrohostias—, ¡diecinueve!
El hijo de la grandísima puta había atravesado el umbral. Avanzaba, miraba hacia el capitán sin vergüenza, sin desviar la mirada.
El hijo de la grandísima puta no se arrepentía.
—Arrio se ahorcó. Mateo ha perdido la puta cabeza, está como una chota.
Las palabras del capitán resbalaban sin efecto alguno.
—Y aquel franco cabrón, y el caballero... Y ese piojoso de Sisnando.
Aquel hijo de la grandísima puta no lo escuchaba. Llegó al centro de las cuadras, y los sementales intuyeron lo que el Cuatrohostias no había sido capaz de hacer en cuarenta años. Todos piafaron nerviosos, como si un oso hambriento, dispuesto a destriparlos a zarpazos, acabase de entrar.
Llegó al centro de las cuadras y, como tenía por costumbre, fue tres preguntas por delante.
—El rey llega hoy. La catedral se consagrará esta tarde.
Y el hijo de la grandísima puta contestó a Lamas antes de que el jaque abriese la boca.
—Habrá que limpiar primero.
Y miró al Cuatrohostias, como si fuera uno más de los cagajones que apestaban entre la paja.
—No queremos que el rey se lleve una mala impresión —y el hijo de la grandísima puta, sin dejar de mirar al capitán, les habló a los otros que lo rodeaban, y sonó a amenaza—. No, de momento. No hasta que hayamos llegado a un acuerdo con Castilla.
Y los tres canónigos revolotearon en torno al mercader y al tuerto, bisbiseando que más les valía hacer lo que se les ordenaba.
Sin embargo, Lamas, con la voz achicada, con eses algo más cortas pero más perdigones, sin atreverse a alzar su único ojo, quería tenerlo claro.
—¿Lo despachamos?
El hijo de la grandísima puta dio dos pasos y acabó poniendo uno de los pies en el pecho del capitán.
Y lo miró a los ojos. Fijamente.
El Cuatrohostias no se arredró. Hizo lo que pudo para sacar un gargajo de su reseca garganta y escupió.
No consiguió gran cosa.
—Le pesa demasiado la honradez.
Y el Cuatrohostias supo que estaba muerto. Como los cagajones que salpicaban el suelo.
—Eres un hijo de la grandísima puta.
Se rio. Y el hoyuelo de su mentón bailó.
—Esa boca, Ruy.