Suseia (Camino de Santiago 2) XIX
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XIX

El dolor la despertó.

Algo se enredó en su interior. Algo caliente. Se enredó y apretó el nudo. Elo se incorporó de golpe, con el sueño espantado, y se llevó las manos a la ingle. Sus dedos temblaban, su corazón temblaba.

Tuvo el presentimiento de que algo iba mal.

—No —suplicó—, otra vez no...

Echó de menos a la bisabuela, ella hubiera sabido qué hacer, ella conocía las hierbas y los remedios, ella hubiera podido ayudar.

Pero estaba sola.

Se enredó, se ató, y se endureció. Y pensó que, como una niña pequeña, mojaría la cama.

Se enredó, se ató, se endureció. Y dolió. Dolió tanto que, por un instante, no logró respirar.

Miró a todos lados.

Y Mateo no estaba.

De golpe, Elo lamentó cuanto había dicho, en un solo instante se arrepintió de las palabras duras, de las riñas. Se había defendido. Tenía que defenderse. Ahora se arrepentía.

Palpó la barriga, con manos nerviosas, esperando el familiar golpe de un pie inquieto, de una mano ansiosa por nacer. Y desesperó al no sentir nada.

No podía seguir así. Tenía que hacer algo, lo que fuera. No tenía idea de si se había puesto de parto o si algo iba mal, pero allí, sola, en su cama, no iba a remediarlo.

La partera.

Tenía que salir, dar aviso, buscar a alguien, ofrecer una moneda.

Entonces recordó. Toledo no había pagado.

—¿Qué voy a hacer?

No pudo contestarse, otra contracción, salvaje, le partió el abdomen.