Suseia (Camino de Santiago 2) XVIII
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XVIII

Despertó, dolorido, rabioso por un trago de agua fresca y con los tobillos y las muñecas en carne viva. Lo despertó el relincho de uno de los sementales del judío.

Y, escuchó voces que cruzaban el patio.

Como una lombriz, forcejeó, e hizo por darse la vuelta y encarar la entrada.

Amanecía, a los lados de la entrada había ventanucos por los que se colaba una luz lechosa. También a través de las rendijas del portón, le daban vida al polvo, las pajuelas, y las moscas, las condenadas moscas que incordiaban a los caballos.

Se abrió el portón.

Entraron los dos bigardos que trabajaban para el prestamista, que habían ido cambiando con los años y que, a la vez, seguían siendo los mismos.

El Cuatrohostias se acordó de uno con el que había tenido una agarrada treinta años antes, uno al que le faltaba el meñique.

A saber qué había sido de él. Los jaques de Nathanael, siempre dos y siempre vestidos de negro, se habían dado el relevo con los años.

Los rostros habían cambiado, pero lo que hacían no.

Llevaban cuarenta años rompiendo dedos, rodillas, brazos.

Y cobrando, cobrando para pagar aquella lujosa casa y aquellos sementales.

Entraron otros dos matones, mejor vestidos, con sobreveste de cuero de venado, como tenían por costumbre los de las islas, pelirrojos, hablando en aquel idioma suyo que entrechocaba la lengua.

Y con ellos, como si los necesitase para abrigarse, entró García Rodríguez, brillante de brocados en la ropa y afeites en las greñas.

Su cara de gorrino empequeñecía los ojos nerviosos.

Entraron también aquellos tres canónigos. Como las tres gracias. A saltitos, con más pinta de chiquillos echándose a jugar en un jardín que de cabrones responsables de tanto desaguisado.

—Traed unas putas y un poco de vino y ya podemos empezar la juerga.

Lo pensó, intentó decirlo, pero tenía la garganta tan reseca que no salió una sola palabra de la boca del Cuatrohostias, sólo un gemido ronco.

—Soltadme, abortos de cabra, hijos de moro bizco. Seguro que os han recortado el pito a todos.

Tampoco le salió. Necesitaba un trago. De lo que fuera.

Los que entraron se colocaron a los lados del portón, como una comitiva esperando al mismo rey.

El corazón del capitán se desbocaba en su pecho. Se olvidó incluso de que su lengua se había vuelto corcho.

En aquellas cuadras estaba a punto de entrar el grandísimo hijo de la grandísima puta que llevaba cuarenta años asesinando y robando a placer. Un cabrón con pintas que tenía en jaque a dos alimañas como el usurero y el mercader.

Aun en el suelo, maniatado, dolorido, el Cuatrohostias se echó hacia delante.

Llegaba.