Suseia (Camino de Santiago 2) XVII
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XVII

El Cuatrohostias pudo entender cómo se sentía una mujer esperando el parto.

Se juró que, si salía con bien de aquélla, jamás, nunca jamás, volvería a esperar por aquello que quisiera conseguir.

Se juró que, si salía con bien de aquel mierdero, se presentaría en la mancebía de la Juana, le plantaría un beso en los morros a Lambra y le pediría matrimonio.

Y aquello le hizo sonreír, una puta y un soldado. Una vieja puta y un viejo soldado, que habían perdido el tiempo, rondándose como niños que, en su primera pelea, no se atreven a lanzar el primer puñetazo.

Se dieron órdenes, oyó salir a uno de los bigardos que trabajaban para Lamas. Y oyó también al mercader asegurar que volvería por la mañana, a primera hora, que quería estar allí.

Lo dejaron solo, con los caballos, en las cuadras.

Tuvo que esperar.

Y aguantó gracias a que, de algún modo, Lambra estaba allí con él. O lo estaría.