Suseia (Camino de Santiago 2) XVI
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XVI

Uno de los sementales relinchó, otro le contestó, y los dos hombres, que no podían ser más distintos, se miraron, pesándose.

Ambos sabían que, por ese camino, no llegarían a destino. Ninguno estaba dispuesto a cargar con la culpa de aquel revés.

Y, al final, fue el mercader quien cedió.

—Esto nos queda grande. Hay que avisarle —dijo con su voz engolada—. No hay otro remedio. Sabes lo que nos hará si no le avisamos. Hay que avisarle.

Y a Lamas no le gustó nada, nada en absoluto.

—¡Cago en la hostia y el sagrario!

García Rodríguez señaló lo obvio.

—Dices que lo sabe —las palabras hacían carreras unas con otras—. Y que si no lo sabe se lo imaginará... Lo has dicho.

Y Lamas tuvo la tentación de mentir. A lo mejor no era suficiente, a lo mejor no bastaba con haber visto lo que había visto. Podía explicarse de otros cien modos.

Pero acabó por admitirlo.

—Si no lo sabe —concedió con aquellas eses que sonaban como arcadas—, lo sabrá.

Y el mercader, para darle peso a su opinión, repitió las mismas palabras.

—Si no lo sabe, lo sabrá —tentativo—. Seguirá investigando, es como un perro de presa —más convencido—, hay que avisarle. No queda otro remedio.

El Cuatrohostias los escuchaba.

—Si se jode —soltó Lamas entre salivazos—, nos despelleja, ¡vivos!

—O nos manda quemar —concordó el mercader—. O descuartizar. No seríamos los primeros. Y tampoco los últimos. Han llegado muchos estos últimos días, seguro que a más de uno lo tiene a sueldo. Tiene oídos hasta en el infierno y siervos que le limpian las pezuñas al mismo diablo.

—Van a consagrar la catedral —se quejó Lamas, y casi sonó lastimoso.

Se acercó a algo íntimo, se odiaban, pero tenían un miedo común. Y García Rodríguez, jugueteando con una mano en los anillos de la otra, se atrevió a hacer una pregunta que le quitaba el sueño.

—¿Matasteis vosotros a ese bocazas? Lo hicisteis, ¿verdad? Fuisteis vosotros.

Lamas sacudió el mentón, y la cicatriz hizo un extraño.

—¿Sisnando? No, pensé que...

Se dio cuenta de que se trabucaba y el tuerto rectificó, para guardar las apariencias.

—Nathanael pensó que los tuyos...

El mercader negó, y resultó cómico con todas aquellas gorduras retemblando. Y preguntó, con voz de falsete, temiendo la respuesta.

—Entonces, ¿lo mató el joven Mateo?, ¿fue él? El joven Mateo.

Lamas soltó una risotada hueca. Sonó a hijo de enterrador jugando con un palo sobre un costillar descarnado.

—Es un desgraciado, como su padre —aguantó aquella carcajada con una sonrisa, limpiándose el mentón con el dorso de la mano—. No. Me huelo que habrá contratado a alguien más. No se fía ni de su sombra.

García Rodríguez asintió de nuevo. Y asumió las consecuencias.

—Pues no queda otra que avisarle. No podemos hacerlo a sus espaldas.

Hay que avisarle —repitió el mercader, como si repetirlo aliviase la situación—.

A saber a quién más ha metido en el ajo.

Y si, además del de Traba, tiene a otros nobles, alguien de la vieja Hermandad, ¿de quién vamos a fiarnos? Si damos un paso en falso...

Y asintió, con fuerza, tanto que Lamas temió que alguna de las papadas cayese al suelo.

El tuerto envainó su puñal, y acabó por asentir también.

—Dios nos guarde de su ira —imploró.

—Dios y el mismo demonio, más nos vale que los dos se pongan de nuestra parte. Nos hace falta toda la ayuda posible. Toda.