Suseia (Camino de Santiago 2) XIII
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XIII

—¿Tu dinero?

El vello en la nuca de Lamas se erizó. No le gustó, nada, aquella insinuación. No le gustó que pusieran en duda lo que él daba por cierto. Aquel viejo, cabrón y tacaño, no llegaría al invierno. Él se quedaría con el negocio. Era su dinero. Sólo suyo. No de Nathanael.

Aun así, por la buena salud de ese dinero, de todo el negocio, el tuerto recondujo la situación.

—Nathanael manda —sin más explicaciones—. Que se encarguen tus pelirrojos.

—Ya corrí demasiados riesgos con aquel franco —airado, lleno de orgullo hueco—. No soy el recadero de ese judío. No es él quien manda. La decisión no es suya —y con intención, para bajarle los humos al jaque, el mercader añadió algo más—. Ni tuya.

—Lo que no sabe —repuso Lamas señalando con la daga al Cuatrohostias y, al hacerlo, hubiera jurado que no estaba como lo habían dejado, pero, igual que el mercader antes, tenía demasiado a lo que atender—. Lo imaginará. Vio a los míos y a las tres hermanitas.

La última ese, larga como un día sin pan.

—¿A los canónigos?, ¿dónde? ¿En ese tugurio de Cándido?

¿Cuántas veces os he dicho que no es lugar para reuniros?

Parece que nadie me escucha. Estos negocios son delicados, no todo se puede hacer por las bravas.

¿Y si se entera el conde de Traba? Ése no tiene miedo a las consecuencias, siempre cae de pie.

—Nathanael —con sólo un salivazo— quiere que te encargues tú.

—Lo que ambiciona es no cargar con las culpas si sale mal —se revolvió el mercader—. Podíais haberlo rajado tres veces. Pero no queréis mancharos las manos con éste... Le tenéis miedo a las consecuencias. Preferís que las pague yo.

—Yo despacho a éste —el desprecio acentuó el seseo—, a todos los de la guardia del arzobispo y a ti.

Y pocas veces lamentó tanto Lamas que aquellos condenados dientes le faltaran, porque fue consciente de que su amenaza sonó vacía.

—No tienes lo que hay que tener —contraatacó el mercader—. No te atreverías. No tienes idea de a quién más ha pagado. Nos podrían estar vigilando ahora mismo. Ni siquiera una sabandija como tú se atrevería a hacer algo sin que él dé la orden.

Volvió a brillar la daga. Y regresó a la papada, donde parecía estar a gusto.

—No me tientes —amenazó el tuerto entre salivazos—, ni se te ocurra. O te mato también —y con el rabillo de su único ojo volvió a mirar al Cuatrohostias, y esta vez estuvo seguro de que se había movido, estaba despertando y se les acababa el tiempo—. Os dejo a los dos como a Verrondo.

El horror coceó el rostro del mercader y sus papadas retemblaron.

—Ahí —dijo Lamas señalando la esquina donde estaban los aperos de la cuadra—, ahí sigue el rastrillo.

Y aunque se le escaparon dos salivazos, aunque debería haber sonado ridículo. No lo hizo. Sonó a condena.