Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

García Rodríguez no era hombre acostumbrado al acero.

Y, cuando el puñal buscó la arruga entre las papadas, donde nunca conseguía afeitarse, el Cuatrohostias se equivocó al imaginarlo cerca del ombligo, lo que notó García Rodríguez fue el calorcillo de las gotas que arruinaron las sedas de sus calzones.

—No podríais hacerlo sin mí —balbució el vinatero—. Me necesitas... No...

Y Lamas, como buena sabandija, retiró el arma, el Cuatrohostias oyó el siseó, aunque, para disimular la derrota, el jaque soltó una bravuconada.

—Falta poco —con la efe llena de perdigones.

Y el mercader se llevó la mano a la papada. Allí descubrió una gota de sangre que aún no se había enfriado, no como los pegajosos meados que ya le arrugaban la hombría.

—Puede haber más —tentó García Rodríguez—, en Ourense trabajarán durante años. Y yo tengo contactos. Hasta en los estercoleros. Podría haber más.

Acertó el vinatero. La codicia brilló en el único ojo de Lamas, hasta le blanqueó la cicatriz, incluso apareció un remedo de sonrisa en el rostro desfigurado.

—¿Conoces al maese?

Las eses, largas como culebras. Por el defecto que le estropeaba la boca, y por la codicia.

Y García Rodríguez tuvo la sensación de que el Cuatrohostias se estremecía en el suelo, como si recobrase la conciencia, pero tenía demasiado a qué atender.

—No, no lo conozco. Pero puede arreglarse —repuso—. Podemos hacer por poner en su lugar a uno que sí conozco —no podía callarse, asustado o no, era un charlatán de feria—. A uno dispuesto a colaborar. Hay maneras de apañarlo.

La risa de Lamas, hueca y falsa, atravesó el espinazo del mercader con un repeluzno que, como su orina, pasó del calor al frío.

—¿Le vas a tirar una torre encima?

—No fue idea mía —protestó García Rodríguez—. Por eso también cobró Sisnando —se defendió—, y unos cuantos más. Y si no se hubiera hecho —no lo pretendía, pero había algo lastimero en el tono—, no estarías hoy aquí.

El vinatero, con sus manos rechonchas, abarcó las sillas, las guarnicionerías, los sementales.

—Yo conseguí los contactos. Yo conocía a los mercaderes. Las rutas. Los caravaneros —alzando cada vez más la voz—. Yo —el Cuatrohostias lo imaginó con un rechoncho dedo enterrado en el pecho fofo— he hecho rico a Nathanael.

—No hubieras hecho una mierda sin mi dinero —con dos salivazos y tres seseos.

—¿Tu dinero?