Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

No podía verlos. Pero no le hacía falta.

Conocía aquella voz seseante, llena de escupitajos. Y la otra, engolada y grasosa.

Si abría una rendija los párpados veía paja y cagajones de caballo. Y el olfato le confirmaba que estaba en una cuadra.

Pero ahora le daba igual si estaba en la casa del hebreo, conocido por mercadear con caballos, o en el quinto infierno. Y tampoco le iba un bledo en lo que podía o no ver. El envite iba en lo que podía escuchar.

—... A más de uno... —entre salivazos que se agarraban con desesperación a las eses.

—¡Es un hombre del arzobispo! Es el cabildo quien le paga el sueldo. ¡De su eminencia!

—Y no está en el ajo —más salivazos revolviéndose en demasiado aire.

Los nervios le sacudieron las tripas al Cuatrohostias. De una puta vez, después de cuarenta años, descubriría qué mierda estaba pasando.

—No todo se resuelve a base de muertos —la otra voz, temblorosa, llena de nervios, recordaba a flores pisoteadas—. ¿No ha habido ya bastante violencia? Yo creo que debemos pensar...

—No escupas contra el viento —brusco como una arcada.

Incluso entre salivazos y eses la amenaza fue tajante.

Y el contrataque flojo. Había poco convencimiento. De no ser por las gorduras, el Cuatrohostias estuvo seguro, hubiera oído a las rodillas chocar una contra otra.

—Llevo cuarenta años haciendo mi parte —con ansias de hacerse valer—.

Yo me encargué de pagarle a Sisnando... Y, en aquel entonces —con el ramalazo justo de desprecio—, tú no eras más que un lacayo dispuesto a dar mamporros.

Así que cuida bien tus modales —con palabras que corrían como liebres—. Cuídalos.

Demasiadas explicaciones. Demasiado temblor en las papadas. Se dio cuenta el Cuatrohostias, y también debió hacerlo el dueño de la voz que, en vez de callar, como habría callado quien no amenazaba en balde, siguió hablando:

—El amo señalaba y tú mordías —como sólo podía hablar quien estaba acostumbrado a dineros y poder—. No te olvides de a quién le estás hablando. Dile a Nathanael que baje. No seguiré tratando con un lacayo. Que baje.

Lamas se había hecho viejo. Pero no había perdido los reflejos de gato que lo habían mantenido con vida, en el campo de batalla y en las calles de Compostela.

Y al Cuatrohostias le bastó oír el rifirrafe para hacerse cargo.

Estuvo seguro Ruy de que la daga que había amenazado sus riñones estaba ahora haciendo temblar la generosa barriga del único gordo con suficientes dineros y avaricia como para negociar con el usurero Nathanael.

García Rodríguez, el mercader.