Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

—Para ayer, maher...

Una tos galopante, lastimosa, llena de crujidos, como pisar paja en el fondo de un charco, le quitó el habla al viejo. Pero Lamas sabía bien lo que tenía que hacer y, no había más que decir, ya estaba junto a la puerta.

—Cuanto antes —entre toses—, que lo saquen de la cama. Al tobzbas zone.

Como no le gustaba hablar, el tuerto se limitó a asentir, y a salir de aquel cuarto que apestaba a enfermo.

Lamas cerró la puerta del dormitorio.

Madera de nogal, y los tablones se habían hecho encajar para que las vetas dibujasen fantasías, y la cerradura era de bronce.

Y avanzó por el pasillo, entre los candelabros, y las molduras, cabizbajo, rumiando las órdenes.

Aunque se permitió el lujo de admirar, como siempre, el precioso bargueño de cerezo que había a un costado del corredor. Incluso pasó la mano por una de las lámparas, del mejor bronce. Y sus ojos brillaban con codicia.

Lamas mandaba. Llevaba veinte años haciéndolo.

Ya no se encargaba de cobrar las deudas, para eso tenían a los otros dos bigardos.

Que el tuerto había elegido con mucho cuidado, no se le quisieran subir a las barbas y pudieran llegar a pensar que, como él había hecho, era factible escalar en el negocio.

Salió de la casa principal, repasando con las yemas de los dedos las puntadas de un tapiz que colgaba junto al portón.

Cruzó el patio hacia las cuadras, no sin darse una vuelta y mirar en derredor, hacia las ventanas con limpios vidrios, las macetas cuajadas de flores, los bonitos motivos tallados en las columnas.

Asintió para sí.

—Pronto.

Y un salivazo se estampó en el agua que corría en la fuente del patio.

El prestamista llevaba dos años postrado en la cama, sin poder moverse, y Lamas era quien se encargaba de los negocios.

Él ponía los sesos y los dos bigardos, salidos de las mesnadas de Ávila, ponían el músculo.

Entró en las cuadras, donde estaban los otros dos, y Lamas, con la cara marcada por la larga cicatriz, los miró con su único ojo rebosando desprecio, verlos era contemplarse de joven, no tantos años atrás, y no le gustaba.

Había sido llamado para más altas tareas que romper dedos, dar palizas o entregar amenazas.

Los otros dos terminaban de atarle manos y pies al prisionero. Y el tuerto dio la orden.

—Tú —con mucho aire y aún más perdigones—, ve a buscar al gordo. Sácalo de la cama.

Un lustroso semental negro relinchó, como para darle la razón, y coceó uno de los postes de la cuadra. Restos de paja y polvo cayeron desde el entramado de vigas del techo.

—Y, tú.

Parco en palabras, el tuerto Lamas se limitó a señalar hacia los caballos. Y el gesto tenía prisa.

Cuando los dos jaques se apartaron, Ruy Ansúrez, capitán del arzobispo Suero, quedó en el suelo, atado y amordazado, inconsciente. Y Lamas, no por miedo a que despertase, sino por puro placer, le arreó un puntapié en las costillas.