VIII
Tenía que acabar a tiempo. Y la maceta cayó sobre el cincel, y la piedra cedió.
Mateo, el hijo, dio un paso atrás para examinar el resultado. Para comprobar la simetría, para saber si la talla merecería la pena.
Y, cuando miró el granito, se quedó sin aliento. Lo reconoció y algo helado le atravesó el cogote. Lo miró y se descubrió a sí mismo, tallaba su propio rostro. Era como mirarse en un barril de agua. Era él.
La maceta cayó al suelo.
Clanc.
El cincel cayó al suelo.
Clanc.
Y Mateo, el hijo, vio sus manos. Y sus manos estaban castigadas por la piedra. Callosas. De nudillos hinchados. No eran manos de hombre, eran manos de anciano.
Las volvió, varias veces, incrédulo. Y, con pasmo, descubrió la cicatriz en la palma. Una cicatriz que hubiera reconocido en cualquier lugar, incluso a oscuras. Una cicatriz enredada en otras más pequeñas, menos viejas, que aún no habían ganado aquel matiz de nácar.
Y corrió entre los demás canteros, hasta encontrar a Juanillo, a Juanillo, no al gigante Juanchón. Hasta encontrarlo y robarle aquel cubo con agua con el que aliviaba la sed de los arxinas.
A su alrededor, en los talleres, todos miraban. El asturiano, con una avemaría en los labios, los dos borgoñones. El vizcaíno. El Sinsombra. Incluso Malaquías, que juraba que la leyenda del puente sobre el Deza era cierta.
Lo miraban, dejaban de trabajar, cuchicheaban. Se reían.
Miró dentro del cubo, ansioso, y el rostro que encontró fue el único posible, el dueño de aquellas manos, de aquellas cicatrices. Desde su reflejo, en el agua, dos ojos lo miraban.
Una mirada extraña. Ladeada.
Dos ojos. Uno de cada color.
Mateo despertó de golpe, sobresaltado, sin aliento, atrapado por la pesadilla.
Y tardó en comprender.
Estaba en el antiguo almacén de instrumentos. Sin más compañía que aquel ángel de piedra.
Tenía un nudo en la garganta.
Frío.
Soledad.
Miedo.
Miedo de lo que había sido. De lo que era. De aquello en lo que se estaba convirtiendo.
Y miró sus manos, y tuvo que avivar el fuego del pebetero, con soplidos nerviosos, a toda prisa, esparciendo cenizas y ascuas, a punto de tirarlo todo.
Entre las sombras, el ángel observaba, indiferente, como quien sorprende a un idiota haciendo una idiotez. Con condescendencia. Como si ya tuviera la respuesta que el hombre buscaba.
Se sacó la túnica y la sacudió como un mantel, avivando el fuego, ignorando la piel de gallina. Y el dolor en el bajo vientre, donde sus testículos se habían refugiado.
Cuando el fuego cobró fuerza, volvió a mirarse las manos, que estaban sucias, y las frotó frenético, escupió incluso. Frotó con tanta fuerza que consiguió enrojecer la palma.
Había callos, y las marcas, inevitables, pero no había cicatriz.
No se había convertido en su padre.
Y el miedo se transformó en tristeza. Salvaje como un golpe de mar.
Cayó de hinojos junto a aquel ángel. Con lágrimas en los ojos. Y en el corazón.
Y a su lado, en el suelo, en la luz cimbreante de las llamas, parpadeó el blanco gastado de una concha.