VII
—La curiosidad... mató al gato.
No fue sólo el seseo, también los salivazos que le regaron el cogote. Supo quién era sin darse la vuelta, y el fastidio del Cuatrohostias hirvió.
Le pasaron de una oreja a la otra, de la estropeada a la sana, una retahíla de maldiciones que hubieran sonrojado a un capitán de galera.
Pero se las guardó. Si quería salir con vida, más le valía mantener la calma.
—Qué, Lamas —y el Cuatrohostias disfrutó al notar cómo la presión del hierro aflojaba, una nadería, pero suficiente para delatar la sorpresa de su dueño—, ¿cómo le cuelga estos días al viejo Nathanael?, ¿aún se la empina para que se la chupes bien a gusto con esa boca desdentada?
Ninguno de los dos era mozo, pero no hacía falta juventud para las bravuconadas. Desafortunadamente, Lamas no se dejó llevar. Aunque el capitán continuó insistiendo.
—Cabrón de mierda, ¿A cómo coño prestáis ahora?, ¿cobráis a cuatro veces lo que habéis dejado?
Lamas no mordió el cebo. Y el Cuatrohostias subió la apuesta.
—¿Cuándo vas a reunir cojones suficientes para estrangularlo y quedarte con el jodido negocio?
—Tiempo —el puñal escarbó en los riñones del Cuatrohostias y los salivazos le mojaron la oreja buena— al tiempo.
Sólo una parte de los sesos del Cuatrohostias seguían la conversación, la otra se maldecía a sí mismo, por imbécil.
Si los otros dos andaban por ahí, Lamas no podía andar lejos. Los otros dos eran los perros, Lamas el cazador.
Tenía que haberlo pensado.
No tuvo tiempo, la daga abandonó los riñones y, con el pomo, acertando donde había caído uno de sus salivazos, Lamas le sacudió al capitán del arzobispo.
Se le escapó una de sus maldiciones.
—Me cago en la circuncisión del profeta...
Y el Cuatrohostias cayó sobre las zarzas, sin sentido.