VI
No quedaba mucho de los talleres. Se habían desmantelado. Incluso los andamios y lonas que su padre había usado en el Pórtico de la Trinidad.
Y, como aún no se habían colocado las puertas, en la catedral dormía al menos una docena de peregrinos, como en los viejos tiempos.
Para echar una cabezada sólo le quedó una opción.
Había aprovechado aquel viejo almacén, el de los instrumentos del cabildo, para instalarse mientras tallaba la última pieza, la que iría, en lugar de la caja de plata, al pie del parteluz.
Y Mateo, el hijo, entró en el almacén hablando solo. Reviviendo la discusión. Las palabras de su esposa rebotaban en sus costillas y le mordían el corazón.
Entró como una tromba.
Se sentó.
Allí estaba el granito. Y el cepo de su padre. Herramientas.
Casi había terminado. Casi. Había tallado un ángel alado que, como los gorriones de su infancia, parecía echarse a volar. Faltaban los últimos retoques, usar la gradina, afinar la expresión. Y pintarla después de la consagración.
Una vez en su lugar, cuando el peregrino cruzase el pórtico, el ángel batiría las alas y lo guiaría hasta el altar mayor.
Era una preciosa idea. Pero no conseguía terminar. No lograba que aquel ángel se llenase de vida. No lo conseguía. Parecía envuelto en niebla. Apagado. Como los restos de una fogata. Se intuía el fuego, pero no ardía.
—¿Qué miras? —enojado, rabioso.
Despechado. Y le espetó al ángel lo que no se le había ocurrido decirle a su esposa. Sin darse cuenta de que el ángel no contestaría, sin darse cuenta de que su padre también hablaba con las piedras.
Sacó de la bolsa aquella concha, sobada, vieja. Aquel pedazo de infancia, y lo guardó en su puño apretado.
—Toledo, ¿Toledo?, ¡¿Toledo?!
Resentido.
—¿Cómo se atreve a comparar Toledo con esto?
Abarcó las paredes, vacías de instrumentos.
Lo que había más allá. El coro. Las tribunas.
La inmensa catedral que, tras más de un siglo, iba a ser, por fin, consagrada.
Con una gran celebración, cantándolo a los cuatro vientos, loa de Galicia y León, con tanta fuerza como si se consagrase la mezquita de Córdoba, rendida, reconquistada y con sangre mora a las puertas.
No pensó Mateo en su padre. Farfullaba. Renegaba. No pensó que así, sin más a quien hablarle que al granito, había pasado muchas noches su padre.
—¿Cómo que no quedan dineros?
Resopló, seguro de que Elo se equivocaba.
—¿Cómo puede ser tan egoísta?
El ángel no tenía respuestas. Tampoco Mateo. Todo eran preguntas. Y enfado. Ira.
—No lo entiende, no lo ve —frustrado—. Non entilege.
Pero, poco a poco, comprendió. Poco a poco el fuego se apagó. Comprendió que estaba enfadado con alguien más que con su esposa, estaba enfadado consigo mismo. Y avergonzado.
Y asustado.
—Está cieg...
No terminó. El ceño se desató.
—¿Cómo...? Non...
No le quedaban fuerzas. Tenía sed. Hambre. Sueño. Estaba cansado, deshecho. Lleno de algo amargo, oscuro. Marrón.
—¿Cómo pude...?
Tampoco terminó, pero levantó la mano, como lo había hecho un rato antes, en su casa, a su esposa. A su esposa, a la que le faltaba un suspiro para dar a luz.
Tenía que salir de allí corriendo. Regresar. Pedirle perdón.
Cambió la concha de una mano a otra. Varias veces. Rápido. Atribulado. Temblando.
—¿¿Cómo...??
Ella estaría en casa. Podía pedirle perdón, hoy, mañana. Cada día, hasta que llegase el último. Cada día.
Y la vergüenza le dio una nueva patada cuando se atrevió a pensar en cómo le juzgaría su hija cuando naciese.
Tenía que salir de allí, corriendo. Volver a casa.
Pero no lo hizo. Ni siquiera se levantó.
No podía.
De pronto el rencor se reavivó. Cobró fuerza.
—No me apoya —le gritó al ángel—, trabajo de sol a sol. A mane ad nocte. Fue ella quien lo dijo —sus palabras tenían espinas—, que era mi padre, que era lo que mi hija hubiera querido...
Aquel rencor apestaba. Como el estiércol. Pero, como el estiércol, estaba calentito, apetecía refugiarse en él. Fuera helaba.
Una helada implacable, capaz de partir las piedras.
Le hablaba al granito. Solo. Furioso. Resentido, rebosante de arrepentimiento.
Tembloroso, acabó por coger una maceta y un cincel fino, de los de rematar, de los planos, para retocar aquel ángel, la última pieza que se colocaría en la catedral de Compostela, la que colocaría el rey en persona antes de empezar la ceremonia de consagración.
Se quedaría allí hasta que llegase el momento.
El hierro cantó su canción. El cantero cantó la suya, la que marcaba el ritmo de cada golpe.
No hizo nada más que trabajar, que huir de sus propios pensamientos. Terminaría a tiempo para la llegada del rey.
Mateo, el hijo, no comprendió.
Aquella noche, mala, terrible para algunos. Aquella noche en la que a un muchacho le habían rajado las tripas. En la que un soldado curtido fue sorprendido. Aquella noche, Mateo, el hijo, se pareció, más que nunca, a Mateo, el padre.