Suseia (Camino de Santiago 2) V
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V

Fue una mala noche.

Para muchos.

Terrible para algunos.

A un muchacho le habían rajado las tripas en la antigua taberna del Rano. El atontao de los cojones, así lo había llamado el Cuatrohostias, se había bebido una jarra de más y presumido de que pensaba irse a Toledo, para unirse a las tropas de Castilla.

—Hasta ahí, pase —había sentenciado Ruy.

Pero después había empezado a mentarle los muertos al rey Alfonso, con palabras largas y boca grande, como sólo puede hacer la juventud, y en la mesa de al lado, con un plato donde sólo quedaban los huesecillos de las ancas, había dos que, en su día, se habían cruzado León para aquello de Sahagún.

—Normal que se les inflaran los cojones —había dicho el Cuatrohostias después de escuchar al tabernero contarlo.

Al muchacho le metieron dos palmos de hierro y lo obligaron a alzarse de puntillas con la cuchillada. Cuando sacaron la daga, el destrozo empezó a sangrar, oscuro y apestoso, mezcla de sangre y la mierda que aún tenía en las tripas.

No llegó siquiera a la puerta.

—El tercero —había sentenciado el Cuatrohostias al dar la orden de que se lo llevaran a Antealtares.

Era la cuenta de la semana. Tres muertos. Y, que se supiera, al menos una veintena de heridos.

Durante esa semana, tan cerca ya la consagración de la catedral, hasta en la mancebía de la Juana hubo reyerta y sangre, y el gigantón Antolín, pese a su destreza con el Cierrabocas, había necesitado que un hebreo le hiciera dos costurones que, sin lugar a dudas,

no le iban a arreglar la cara de bobo, pero le iban a dar algo de lo que presumir.

La ciudad se había partido. En dos.

La ciudad, los peregrinos, los hombres que el rey había mandado por adelantado, los espías de Castilla y Aragón.

No había alma en Compostela que no tuviera una opinión que defender.

Los ánimos, ahora que el rey estaba a punto de presentarse para la consagración, hervían.

Una mitad estaba dispuesta a matar por el rey Alfonso de Galicia y León, la otra mitad estaba dispuesta a matar al rey Alfonso, de Galicia, de León, y del quinto infierno.

Tan soliviantados estaban unos y otros que uno de los muertos había sido huésped en los viejos establos del palacio del obispo. Allí acababan, los de uno y otro bando, y un despiste de quien les hacía de carcelero metió al que no era en el calabozo de los del bando contrario.

Lo encontraron al repartir el rancho al día siguiente. Lo habían estrangulado con unos calzones viejos, mientras dormía.

Para colmo, el hombre que debía mantener la paz tenía otros asuntos entre manos. Demasiados.

El Cuatrohostias hacía guardia.

No lejos de la puerta norte, la que llamaban del Camino, en la Rúa da Algara, ya fuera de murallas.

Había allí un establecimiento que se dedicaba al mismo negocio que el de la Juana, pero allí los clientes eran peregrinos sucios del camino, matones de tres al cuarto, borrachos dispuestos a beber meos de burra,

y cualquiera a quien la reputación le prohibiese convencer a los guardas que el Cuatrohostias había puesto en todas las puertas de la ciudad, como le había ordenado el arzobispo.

El tugurio era un refrito de grasa rancia donde el cuartillo de vino salía barato, porque tenían la delicadeza de no cobrar por el viaje de ida y vuelta a la fuente para aguarlo.

Y el de sidra, aún más, aunque había quien decía que hacía falta más valor para beberse aquel vinagre que para echarse a pecho descubierto contra el Miramamolín.

Apestaba, porque era un local que frecuentaban los curtidores.

Y su dueño, al que llamaban Cándido, nadie sabía si por nombre o apodo, tenía fama de haber fiado sólo una vez en su vida, a su madre tras el parto.

Desde entonces, o se pagaba o se cobraba, claro que Cándido cobraba en oro y pagaba en hierro, a fin de cuentas, era veterano de las campañas contra el moro y sabía usar la daga.

Un agujero más. Un embudo, eso era el negocio del Cándido, donde a las mozas les sobraban años y gorduras, y al dueño le faltaba paciencia.

Y el Cuatrohostias hacía guardia, esperando que un soplo que había sacado con tres, y una cuarta para hacerle honor al nombre, fuera cierto.

Había oído que pretendían colarse en la ciudad saboteadores.

—¡Cagüen los callos del profeta! ¿De Castilla?

Había tenido que preguntarlo. Inclinando el rostro para ofrecer la oreja buena.

—De Castilla, con la venia del rey —había respondido aquella cucaracha.

Y de Castilla se suponía que habían venido tres jaques con canas en los huevos y hierros afilados, dispuestos a sabotear aquello de la consagración.

—Me ofrecieron diez maravedíes —había explicado la cucaracha, entre el segundo y el tercer bofetón.

Así que, en lugar de estar donde quería estar, husmeando por las mesas de los cambistas, al Cuatrohostias le había tocado organizar a gente de patrulla, también de guardia en las murallas y él solo se había tenido que hacer cargo de esperar allí, en las sombras, a las que ya estaba acostumbrado,

frente al tugurio del Cándido.

Siempre del Cándido. Nunca de Cándido.

Había encontrado sitio en un solar donde crecían zarzas y una enorme higuera y, de mal humor, esperaba.

—Dos que parecen hermanos, rubios y altos —había dicho la cucaracha—, y otro, el que manda, bajo, revenido, y con una mancha del color del vino en la frente.

Esperaba a aquellos tres, intentando no pincharse con las salvajes espinas de las zarzas, cargadas de primavera, cuando, en lugar de aquellos tres, aparecieron otros tres.

Tres a los que conocía bien. Tres a los había visto por última vez cerca de donde los cambistas hacían negocio. Tres enclenques con hábito.

Los mismos a los que había seguido hasta el palacete, no se podía llamar de otro modo, del mercader García Rodríguez.

Y allí, frente al tugurio del Cándido, donde se iba a hacer cualquier cosa menos rezar, se encontraron con otros dos, más allá de las espinas de las zarzas, y a aquellos otros dos, bigardos con el colmillo gastado de tanto morder, también los conocía el Cuatrohostias.

—¡Cago en los dátiles que desayunaba el profeta!

Sólo lo escucharon las zarzas, pero incluso las zarzas captaron la sorpresa.

Aquellos tres y aquellos dos juntos era como ver al mismo apóstol levantarse, abandonar el pórtico del chico de Mateo y ponerse en camino a la mancebía de la Juana.

Y el Cuatrohostias tuvo que decidir.

Esperar a que aparecieran aquellos otros tres. O seguir a aquellos cinco.

Y, como lo de los cinco le picaba más, se fue tras ellos, unas pocas esquinas.

Luego se dejó llevar por aquel olfato suyo de perdiguero viejo y los adelantó para esperarlos en su destino, porque sólo podían tener un destino.

Y no se equivocó, aparecieron por donde tenían que aparecer, doblaron frente al palacete de García Rodríguez.

Y, veinte años atrás, el Cuatrohostias no hubiera cometido el error que cometió, hubiera estado más atento.

Tenían que haber sido tres y tres. A la pareja de bigardos les faltaba el tercero.

Pero los años no pasaban en balde y podía seguir teniendo el olfato de un buen perdiguero, pero no el oído, y menos con aquel muñón por oreja.

Estaba cavilando qué hacer cuando sintió lo último que cualquier soldado quiere sentir. El aguijonazo del acero en los riñones, por la espalda.

Alguien apoyaba un puñal con la fuerza justa para que el Cuatrohostias tuviera que tragar, para espantar el susto y para remojar la garganta, que se le había quedado seca.

—La curiosidad...

El puñal apretó un poco más. Aun así, el fastidio, porque fue más fastidio que temor, porque lo que le jodió fue que lo hubieran sorprendido; aun así, el fastidio no impidió que el Cuatrohostias notase aquel peculiar seseo de sierpe afónica.

—... mató al gato.