IV
Quedaba algo de caldo caliente, pero mondo, sin siquiera unas hebras de carne. Aun así, el calor de la lareira le supo a hogar, en especial cuando ella le dio un beso.
—¿Mal? —preguntó cariñosa, empujando la palabra con una sonrisa piadosa.
Su día había sido malo. Estaba preocupada. El final del embarazo se acercaba, sus pies hinchados protestaban, sus riñones protestaban, su espalda protestaba. Y había algo mucho peor, sin embargo, Elo comprendió que no era el momento de hablar de ello.
Mateo no llegó a contestar, se sentó en el banco junto al hogar con un suspiro y el tazón entre las manos. El calor calmaba los dedos, que siempre dolían al terminar la jornada.
—¿Así de mal?
Había ternura en Elo. Más madre que esposa en aquel momento.
—Falta mucho por hacer —se quejó él—, aún no finé la pieza de la base.
Le entendió, se había acostumbrado a que, cada vez más, salpicase su hablar con la jerga de los canteros.
—Lo conseguirás —dijo animosa, espantando sus propias sombras.
Mateo reaccionó de inmediato.
—Todos decís eso, omnes. A Juanchón se le llena la boca —soltó rijoso, sin alzar los ojos del caldo, con el ceño fruncido—, todos lo veis muy fácil, pero no lo es.
Ella tuvo paciencia.
—No pretendía decir que fuera fácil, sólo intentaba...
—Todos lo intentáis —protestó Mateo—, pero soy yo el que tiene que hacerlo, eu!
Elo, sorprendida, tuvo el ánimo de acercarse y acariciarle una mejilla.
—Será mejor que descanses. Lo necesitas.
La situación era una moneda al aire. Una moneda que cayó y se dio el capricho de salir rodando sobre el canto, podía acabar en cara o cruz.
—Tenía que haberme negado —lamentó Mateo, más triste que enfadado.
Su esposo había bajado la guardia. Y Elo habló con el corazón. Le dolía verlo así, a punto de romperse.
—Tenías que hacerlo, por tu padre, y por tu hija —movió la mano de él hasta que la apoyó en su vientre—. Por ellos. Y por ti. Para demostrarte...
Apartó la mano con brusquedad y el tazón cayó entre las brasas, se hizo añicos con el sonido de esperanzas rotas.
—Itoiz! ¡No tengo nada que demostrar! Ni a mi padre, ni a... Ni a...
Dudó por instante, cegado por la ira. Y apabulló a su esposa.
—El contrato de Toledo lo conseguí yo. ¡Yo! ¡¡Y yo no tendría que estar limpiando la basura de ese demente...!!
Elo demostró una vez más que su esposo era afortunado.
—Es tu padre —dijo conciliadora—, no está bien...
—No sabes cómo la trataba, cómo nos trataba. Ha perdido el juicio, demenció, y mira dónde he acabado yo.
La moneda seguía rodando. Elo advertía aquel debatirse entre la furia y la desesperación, a punto de llorar como un niño o de echarse a gritar como un loco.
—¿Has hablado con la comadrona? —preguntó Elo con dulzura, con la sana intención de recorrer un camino distinto.
La vieja Euvigia había sido esclava, algunos decían incluso amante, de un cirujano moro de Úbeda, y era quien atendía los partos en las familias de artesanos.
Orfebres y mercaderes contrataban a médicos hebreos, que eran los mejores que el dinero podía pagar; los más pobres se apañaban, como podían, y el resto acudía a las parteras, que cobraban según la fama.
Algunas, sin otra maña que un tarro de manteca rancia en la que engrasar la mano, pedían poco.
Otras, que sabían de aceites y abortivos, esperaban más.
Y algunas, como Euvigia, que conocían bien el oficio, salían caras. No tanto como los hebreos, pero casi.
Por un instante, la culpa borró el enfado, pero fue un parpadeo.
—No he tenido tiempo —se defendió Mateo—, ya lo haré.
—Te lo pedí antes de empezar las obras...
—¡No he podido!
—Mateo...
—¡No tengo tiempo! Non habeo. No doy más de mí.
—Siempre hay tiempo para algo así —intentó ella, al borde del precipicio.
Se miraron resoplando.
Como aguantando la respiración. Como dos chicuelos con la cabeza bajo el agua. Intentando ganarse el uno al otro.
—¡Hazlo tú!
Mateo ni siquiera lo pensó. Se le escapó. Brotó de sus labios sin que pudiera evitarlo.
Y Elo no pudo contenerse.
—Hace días llegó un mensajero de Toledo —le espetó frunciendo los labios.
Ya no quería guardar por más tiempo las malas noticias, ya no quería proteger a su esposo, estaba cansada, dolorida.
—Se han cansado de esperar...
Mateo boqueó.
—Pero le escribí al obispo, al episcopo... Le expliqué lo que sucedía... Prometí...
No sabía qué decir, pero no importó, Elo no le dejó terminar. Tuvo que levantar la voz, tuvo que defenderse.
—Pues no ha servido de nada —escupió, y tuvo que herir—, a lo mejor deberías haber dedicado tu tiempo a otros asuntos más importantes.
—¡¿Cómo se atreven?! ¿Se lo van a encargar al de Béjar? Ille maledito.
Ni siquiera miraba a su esposa.
—¿Y yo cómo voy a saberlo? —se quejó Elo.
—¿Qué dijo? —se encaró con ella, exigió—, quid dixo? Palabra por palabra.
No se escuchaban, gritaban. Y se arrepentían de cada palabra, pero no eran capaces de aguantarlas, era como coger hierros calientes con las manos desnudas, había que soltarlos para no quemarse.
—No pagarán lo que falta —sentenció Elo, y lo disfrutó, aunque también significaba su desgracia, no pudo contenerse—, no pagarán.
—Le escribí. Le expliqué. Lo terminaré en cuanto se consagre la catedral, eu dixen... Se lo expliqué...
—Pues no parece que haya servido de mucho, aunque poco importa, no has hablado con Euvigia, así que, ¿qué importa si no tenemos con qué pagarle...?
—Habemos dineros de sobra para pagarle a la condenada Euvigia.
Elo señaló el pote colgado al fuego, caldo de hueso viejo, nada más.
—Ese maldito pórtico te ha sorbido el seso, no queda un triste maravedí...
Mateo gruñó. Gritó. Y pateó con fuerza el caldero, que se derramó sobre las brasas. El fuego siseó, una erupción de cenizas llenó el hogar. Quedaron a oscuras.
—¿Así vas a arreglarlo?, ¿A patadas?
Se arrepintió en cuanto lo dijo, pero Elo no pudo evitarlo.
Mateo se acercó y, por primera vez, su esposa le tuvo miedo. Temió que fuera a pegarle. Apenas había luz, pero vio la violencia agazapada en aquellos ojos que amaba y que, en ese instante, también odiaba.
Mateo abrió y cerro los puños. Hervía. Estaba desbocado. Y tenía las tripas llenas de un zumbido amargo.
Y Elo, pese a todo, se estiró, alzó el mentón, orgullosa.
Uno frente al otro, su matrimonio, sus sueños, sus esperanzas, en medio.
Abrió y cerró los puños una vez más, levantó una mano.
Y se marchó.
Elo no durmió sola, la acompañaron las lágrimas.
Mateo durmió en los talleres, como tantas veces había hecho su padre.