Suseia (Camino de Santiago 2) III
84%

III

Fue un día largo y duro.

Y, una vez más, el joven Mateo fue el último en marcharse.

Se quedó hasta repasar los dorados de todos los capiteles del pórtico.

Y acabó desesperado al comprender que una de las columnas de la arcada derecha no había llegado a labrarse nunca.

Mientras que, por su pareja, en el lado opuesto, trepaban los pámpanos de una parra exquisitamente tallada.

Y aún faltaba por rematar el parteluz, pero el agotamiento obligó a Mateo a apagar el último hachón y decidirse a buscar un poco de sueño en casa. Un par de horas. Tres a lo sumo.

Aunque lo que hubiera querido era preguntarle a su padre el porqué de aquella diferencia entre las dos columnas.

Apagó el último hachón y se dio la vuelta para marcharse, pero giró de nuevo, recogió un codo en la mano del otro brazo y subió el puño a la boca para empezar a morderse la uña del pulgar con aire pensativo.

En los últimos días había cogido aquella costumbre, y la de hablar solo.

—Quizás...

No se lo dijo a nadie, y sólo lo oyeron los gatos que, como siempre, rondaban por las obras.

—A lo mejor...

Pensaba en que no podía sustituir las piezas del fuste, pero, si se apuraba, si confiaba en uno de los mejores.

—¿Quién?

Con un incentivo adecuado, quizá podría conseguir que alguien tallara una copia de la parra. Quizá.

El agotamiento lo obligó a abandonar la idea. A arrastrar los pies hasta su casa. Y la sola esperanza de ver a Elo le alegró el espíritu.

Se equivocó.