Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

Se hizo eterno, pero llegó.

—Va buena —gritó por fin el maese.

Los hombres suspiraron, los de las sogas resoplaron un último gruñido, Juanchón se apartó, no fuera a agrietarse la piedra y le cayera un cascote encima y, por fin, con un crujido del granito contra los vástagos de hierro, el apóstol quedó, para siempre,

encajado en el parteluz del Pórtico de la Trinidad.

Estalló la ovación.

Vítores.

Celebración.

Incluso entre los dispuestos a escuchar las quejas de Sisnando, que eran los más resentidos con el maese, y también los que aún avivaban las sospechas de que el joven Mateo había sido el culpable. Ellos también se unieron a las ovaciones.

A los mezquinos siempre les gusta arrimarse a la gloria.

Saltaron gorros por los aires, otros se abrazaron. Uno, de los más viejos, se vino abajo, derrumbado por la emoción, recio y duro como era, tuvo que sentarse. Dos lágrimas le corrían por las mejillas.

Llevaba toda una vida allí, más de cuarenta años.

Contento, con una sonrisa tan grande como una tajada de luna creciente, Juanchón se acercó al nuevo maese.

Ambos miraban al pórtico, un mar de azul y oro.

—¡La Virgen nos ha ayudado! ¡La buena señora nos ha guiado! Lo tenemos —anunció orgulloso—. Tu padre...

Mateo no le dejó terminar. Mateo no sonreía. Su rostro, enflaquecido, era un campo de malas hierbas. Llevaba demasiado trabajando demasiado. Durmiendo lo justo. Comido por las preocupaciones.

—Aún no —rebatió—, faltan las puertas...

Y, alzando la mano como si pesase más que la estatua del apóstol, Mateo señaló a la base del parteluz antes de terminar:

—Y acabar esa pieza.

Faltaba aquel lugar donde su padre había guardado la caja de plata, una última talla que el rey colocaría el mismo día de la consagración.

Y lo de las torres, y algo de pintura, que convenía repasar.

Además, también había que retocar la capilla del Salvador, la primera que se había levantado, en el otro extremo del templo, hacía ya ciento cuarenta años. Aquellos inviernos del norte le habían dejado una hilera de goteras con la mala costumbre de colar lluvia por los cogotes de los feligreses.

—Aún queda mucho por hacer —se quejó Mateo.

Y Juanchón quiso darle ánimos.

—No hay trabajo para una semana —rebatió animoso.

—Lo hay, y para tres, y para cuatro —contraatacó el joven maese—, y una semana es lo que tenemos, una sola.

Había apremio en la voz. Nervios. Y Juanchón trató de serenar a quien consideraba su amigo.

—Puede hacerse —dijo animoso—, con la ayuda de la Virgen Santa, en una semana. Y verás qué alegría se lleva tu padre cuando se lo contemos. Se va a curar —estaba eufórico, hacía esfuerzos por contenerse—, acabaremos la catedral y él se pondrá bien, ya lo verás.

Pero cuando Mateo miraba en derredor sólo veía defectos.

En el interior de la nave, uno de los fustes de las columnas necesitaba un repaso, se había resentido por cargar con el peso y un ojo hábil podía distinguir que habría que granallarlo o, al menos, apiconarlo para comerle una desagradable curva que afeaba la perspectiva.

Y sólo tenían una semana. La comitiva real ya había anunciado su llegada a Compostela.

Para colmo, aquellas miradas suspicaces, aquellos rostros gachos de los que tiraba la desconfianza.

Y Juanchón lo advirtió.

Le puso una de sus manazas en el hombro y le habló como a un hermano:

—La catedral quedará terminada, tu padre mejorará y a ellos se les pasará.

Y como el maese no dijo nada, Juanchón continuó:

—Voy a anunciar que les queda el resto del día libre.

—¿Cómo?

—La costumbre...

No completó Juanchón la frase.

—Nadie se mueve de los talleres —aseguró Mateo—, ni un alma. Nengún.

—Pero siempre... Cuando...

Juanchón, con los ojos muy abiertos, balbuceaba. Mateo chilló, para que todos lo oyesen.

—¡Si alguien quiere irse! ¡¡Que se vaya!! Pero el que se vaya, no zaspeará.

Paseó la mirada.

El veterano ya no tenía lágrimas en las mejillas, y mordía con tanta fuerza que en su cuello palpitaban venas hinchadas.

—El que quiera cobrar, mureará hoy, y mañana. ¡Toda la semana!