Suseia (Camino de Santiago 2) Herencia y caridad
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Herencia y caridad

I

Santiago apóstol, nacido en Betsaida de Zebedeo y Salomé. Aquel a quien, con su hermano, san Juan Evangelista, el Señor Cristo llamó Boanerges por su celo.

Santiago apóstol, el mayor, quien, con san Pedro y san Juan, tuvo el privilegio de contemplar la agonía de Jesús Nuestro Señor en el huerto de Getsemaní.

Santiago apóstol, el primero de los doce apóstoles en recibir martirio, decapitado en tiempos del reinado en Judea del pérfido Herodes Agripa.

Ese Santiago.

El Hijo del Trueno, el mayor, el mártir, estaba ahora, y para siempre, sentado.

Sentado en un escaño en lo alto del parteluz del Pórtico de la Trinidad, con una aureola de bronce incrustada de piedras, con un bordón con forma de tau, el de los peregrinos, en la izquierda, y una cartela en la derecha,

donde se leía el mensaje de que el mismo Dios lo había elegido para estar allí, donde estaba.

Y estaba en el parteluz, recibiendo a los peregrinos que, a partir de la consagración de la catedral, en lugar de entrar por la puerta norte, a la que llamaban de los Francos, entrarían por allí, por el oeste, para cruzar el imponente coro y llegar a la reja del altar mayor,

la que guardaba sus restos terrenales, traídos a las Españas en una barca de piedra que remontara el río Sar.

Santiago estaba en el parteluz y era azul. Su túnica era azul, de un azul intenso e inigualable. Como muchas otras en las tres arcadas del pórtico, donde todo, hasta el último detalle, se había repasado con azul y oro.

Era azul, menos por los trazos de las sogas que lo mantenían en alto. Santiago era azul y hacía equilibrios a tres varas de altura. Como cierta cabra que veinte años antes se había subido a un escabel en la explanada de la Trinidad.

Tras el Hijo del Trueno, en un gesto muy poco decoroso, cotilleaba Juanchón. Pero no pretendía el cantero espiarle las intimidades al apóstol, por la Virgen Santa, nada más lejos de su intención, sólo asegurarse de que todo encajase en su lugar.

Y de que el venerable no se partiese la crisma.

Juanchón tenía una de sus manazas en alto, pidiéndoles a los que sujetaban las sogas que aguantasen, tiesos sin moverse.

—Va bien —gritó.

Todos lo oyeron. Y todos advirtieron que había sonado como una pregunta. Entre labios resecos y nervios.

Pero no llegó una respuesta. Sólo silencio. No se oía una mosca, se esperaba una orden.

Impaciente, aquel silencio sacó a Juanchón de la rendija entre la columna del parteluz y el apóstol. La tensión hacía cabriolas en su rostro.

En pie, más allá de los que aguantaban el peso, por duplicado, tal y como había ordenado, estaba el nuevo maese de obras, al que ya todos llamaban Mateo el Joven.

Y Mateo entornaba la cabeza como un cachorrillo prestando atención, miraba al apóstol, y más allá, al interior de la nave, empenaba, como le decían en la jerga.

Dio un paso a un lado, al otro, siempre con los ojos perdidos en la distancia, más allá del coro, más allá del altar.

Buscaba rectas que sólo él podía ver, rectas que se apoyaban en el apóstol y en algún punto del interior de la nave, y que le decían que Santiago no recibiría a los peregrinos como un borracho sin equilibrio.

Los hombres gruñían por el esfuerzo, las manos protestaban, las sogas mordían la carne.

Y los demás, aun libres del esfuerzo de aguantar al apóstol, se mostraban igual de incómodos, como si compartieran el peso de la estatua. Se mascaba la tensión. Había más de una mirada huidiza bajo cejas desconfiadas.

La muerte de Sisnando había levantado ampollas y suspicacias.

Afortunadamente, pese al ambiente enrarecido, en los talleres quedaba poco por hacer, piezas sueltas para la torre sur, el repaso de alguno de los capiteles más viejos, Mateo había mandado desmontar algunas piezas y rehacerlas, o repasarlas, quedaba poco, pero no se estaba haciendo,

todos miraban hacia el pórtico y todos esperaban a que el maese le confirmase a Juanchón si iba o no iba bien.