Suseia (Camino de Santiago 2) XV
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XV

Los zagales, demasiado entretenidos con los detalles de su pintada, ni se dieron cuenta.

Una mano prudente tapó el farol. Y el corazón del Cuatrohostias se aceleró.

Raro era toparse con aquellos tres antes de los gallos, y más raro era que quisieran pasar desapercibidos. Algo olía a cuerno quemado, y ese algo lo llevaba buscando el Cuatrohostias más de cuarenta años.

Recularon, y doblaron la esquina para dar un rodeo.

El Cuatrohostias los siguió, en el último trecho incluso se arriesgó a perderlos y cruzó por una callejuela que le permitió adelantarlos. Y esperó, convertido en sombra, a que pasasen dos trancos por delante, sin verlo.

Antes de llegar a destino ya imaginaba a dónde irían, y le costaba creer que por fin hubiera dado en el clavo.

Llamaron a una casa a la que el Cuatrohostias y los suyos habían llamado más de una vez. Y les abrieron con prisa, urgiéndoles a pasar y sacar aquel farolillo de las calles.

Antes de que se cerrase la puerta, un rostro apareció entre la hoja y el quicio, y miró preocupado a ambos lados de la calle.

El Cuatrohostias se pegó a las paredes como una lagartija, ni siquiera respiró. No había más luz que la del farolillo en el zaguán, y apenas se colaba hacia el exterior, pero reconoció aquel rostro.

Cuando la puerta se cerró, el Cuatrohostias salió hasta el centro de la calle, puso los brazos en jarras y se quedó mirando la lujosa casa. Buscaba una rendija de luz que se colase por entre las contraventanas.

Miraba a todos lados, pero estaba casi seguro de que podía señalar cuál sería.

Y no se equivocó.

—¡Hijo de la grandísima puta!

Fue un susurro, pero pesó tanto con la satisfacción que cargaba que se le quedó allí mismo, a los pies, junto a unas hojas de lechuga pisoteadas que, a saber cómo, habían ido a parar al medio de la calle.

No había nadie.

Y el único ruido era el de las palomas en los aleros, que tenían sueños inquietos por el ajetreo de la calle.

El Cuatrohostias se metió en las sombras de nuevo y acabó bajo aquella contraventana que dejaba escapar un tajo de luz.