XIV
En las noches siguientes faltó un cliente habitual en la mancebía de la Juana.
El ambiente en Compostela se enrarecía, estallaban peleas, en el mercado de Mazarelos, y en las tabernas. Había trabajo, las picotas de la Trinidad rebosaban inquilinos, también los calabozos de los viejos establos.
Y los días no le consintieron gran cosa al capitán.
Algunas preguntas dejó caer en el escritorio, también al canónigo que llevaba las cuentas de las obras para el arzobispo.
Hasta en cuatro ocasiones anduvo a la caza de boyeros que trabajasen pagados al tanto por la carga, aunque no se acercó a los que García Rodríguez tenía en nómina, con aquellos ya había hablado, en balde, veinte años antes.
Habló incluso con dos orfebres que también compraban lapislázuli.
Todo en medio del ajetreo que soliviantaba la ciudad.
No pudo hacer tanto como hubiera querido, pero no se preocupó, el colmillo le decía al Cuatrohostias que, lo que fuera a encontrar, lo encontraría de noche.
Los negocios sucios son como las cucarachas, no les gusta la luz.
Y, por las noches, en lugar de refugiarse en el vino, el Cuatrohostias se refugió en el trabajo.
Quería atrapar a aquel fantasma.
Patrullaba en las sombras, con los gatos y las ratas, esquivando los cagajones de las caballerías. Desde San Benito a veces. Desde Antealtares. Subía por la Rúa da Fonte do Franco, bajaba por la Rúa do Vilar. No se quedaba mucho en el mismo sitio, rondaba, inquieto, a la caza.
Iba y venía, buscaba apostaderos, se aprovechaba de las casas en obras. Iba a los talleres de la catedral, veía al joven maese trabajar, el primero en irse y el último en marchar, como su padre.
Antes o después tendrían que moverse, enviar un recadero, afinar una entrega. Y el Cuatrohostias pensaba pillarlos con los calzones abiertos y la minga en la mano.
Pasaron dos semanas, de sueño, bostezos y poco o ningún vino.
Empezaba a desesperar.
Y la tomó con aquellos dos zagales.
Con aquel color tan claro debía ser cáscara de huevo, pintura de cáscara de huevo mezclada con prisa.
Los dos zagales, en edad de unirse a las mesnadas, reían, bromeaban y se echaban bravuconadas el uno al otro al tiempo que se mandaban callar para no despertar a los vecinos.
Era un burdo retrato, pero tenía su gracia.
Podía ser un gato esmirriado o un león, y en la otra corona un castillo esquelético o una torre mal hecha. No se hubieran ganado la vida en el escritorio de la catedral, pero se entendía.
Un tipo, con los brazos demasiado largos y el culo demasiado pomposo, se dejaba sodomizar por otro con los brazos y las piernas de un enano, pero la verga de un semental.
El que se agachaba llevaba la corona con el león, el otro, el de la verga más grande que cualquiera de sus brazos, llevaba la corona con el castillo.
Dejó hacer a los zagales, porque en el fondo estaba de acuerdo, y gracias a eso tuvo suerte, si los hubiera detenido, si les hubiera gritado, hubiera espantado a los otros.
Los otros doblaron la esquina, como si bajasen desde donde los cambistas hacían sus negocios por el día, tres, juntitos. Con un pequeño fanal en una mano que, el Cuatrohostias estuvo seguro, no tenía un solo callo.
Pararon en seco al ver a los mozos, tan brusco que el farolillo se fue adelante y atrás.
E iluminó los rostros bajo las capuchas, fue un parpadeo, pero al Cuatrohostias le dio tiempo de reconocerlos.
Labios apretados y miradas nerviosas. Sabía perfectamente de quién se trataba.
Y no estaban allí para hacer pintadas con los dos zagales.
El Cuatrohostias se pegó más a la pared, a las sombras. Tan nervioso que se le secó la boca.
Aquellos tres no cuadraban de ronda por la noche de Compostela. E iban en la dirección justa.
El capitán se bajó su propia capucha, torció el rostro, e incluso pasó la mano por la caña de la bota. Varias veces. Después usó los restos de la grasa de caballo para que agarrasen mierda de la pared y terminó por ensuciarse el rostro con la mezcolanza.
Incluso aseguró las hebillas con fuerza. Y usó la grasa sucia para quitarles cualquier brillo.
Aquélla podía ser su oportunidad.