XIII
Maese Verrondo, el caballero de Santiago, el franco y ahora Sisnando. Todos muertos, asesinados cuando las obras en la catedral pendían de un hilo.
Como si la catedral cobrase un precio en sangre.
Y el Cuatrohostias, mientras caminaba, sacándose la borrachera de los sesos como si arrancase pegajosas telarañas cubiertas de polvo, cayó en la cuenta.
Cada tanto la catedral amenazaba con quedar sin terminar y, sin embargo, todas las veces continuaba.
Tuvo que agacharse en una esquina, las arcadas lo doblaron por la mitad, y acabó echando las ancas fritas con las que había empezado la noche en la taberna del Rano.
Allí, con una mano apoyada en la pared, la cabeza gacha, las rodillas flojas, envuelto en el tufo a ajo que salía de los tropezones, escupió, se pasó el dorso de la mano por la boca y, sin más compañía que un gato, que lo miraba curioso desde una casa en construcción, el Cuatrohostias vio la luz.
—¡Me cago en los huevos del profeta! ¡Y en su pito recortado! ¡Cagüen en Mahoma y la leche que mamó! No quieren parar las obras —le dijo al vómito, al gato, o a sí mismo.
Escupió otra vez. Se incorporó y apoyó la espalda en la pared.
—¡Cagüen en la leche que mamó!
Y señaló al gato. Que tenía un aire a aquel Ferruxo que tantas noches había acompañado al viejo maese Mateo en los talleres.
Y el gato, subido a unos tablones apoyados en un muro a medio hacer, lo miró con esa indiferencia patrimonio de los felinos, y se lamió una pata que pasó por los bigotes, como si tocase las cuerdas de una vihuela.
—No quieren parar, ¿no lo ves? No quieren. ¡Cago en la mezquita de Sevilla!
Y se separó de la pared, para inclinarse hacia el gato con aire cómplice.
—Para cobrar.
A tumbos, anteponiendo su voluntad a la borrachera, callejeó hasta la casa que conocía bien, llena de molduras, con marcos de piedra tallada, casi un palacio. La del mercader García Rodríguez.