XII
El joven maese no podía contestar y el Cuatrohostias se fue a la mancebía de la Juana.
Últimamente, Ruy Ansúrez bebía demasiado. Había días en los que despertaba con una carga de caballería en la cabeza, ganas de vomitar y una inconcebible sed por meterse entre pecho y espalda una jarra de buen vino.
El vino le hacía olvidar esa garrapata de mocos que llevaba agarrada al fondo de la garganta. Le hacía olvidar a los caídos. Y, lo mejor, el vino lo abrigaba con batallas pasadas, donde olvidaba que ya no tenía años ni aguante para presentarse en Toledo en Pentecostés.
El Cuatrohostias se fue a la mancebía de la Juana. Para olvidar.
Bebió. Lambra no le hizo el menor caso. Bebió. Pagó por una de las nuevas mozas, grande y generosa de pechos. Bebió. Usó aceite para ayudarse. Bebió. Lamentó que la forja en su entrepierna ya no caldeaba. Bebió. Y persiguió a aquel fantasma con más de cuarenta años.
Bebió. Y no logró olvidar.
Estaba a punto de quedarse dormido. La moza se vestía junto al camastro, ataba las cintas de lino sin teñir que sujetaban la falda a la cintura, y callaba. Lambra le había dicho que dejase al capitán dormir la mona, aunque no hubiera pagado por la noche.
—Mejor contentar a la autoridad —había dicho Lambra.
Y a la moza, que estaba allí escapando de un mal matrimonio, le había parecido que, bajo la sonrisa de Lambra, había una mentira, como las de su marido. Pero, como era nueva, no había querido revolver el asunto.
La moza se vestía. Y el vino y el largo día empujaban al Cuatrohostias hacia el sueño.
Se dormía, y no le dolían los dedos, o las rodillas, tampoco los tobillos. Y no necesitaba toser. El vino era una buena manta.
Se sumía en el sueño, pensando en los amigos, en los buenos ratos, espantando aquel día, y aquel condenado fantasma con cuarenta años cumplidos.
Y otro fantasma acudió en su auxilio. El de su amigo Gatón.
Allí, en la mancebía, habían compartido horas, jarras y mozas. Allí habían trincado borracheras, y risas, y una larga ristra de tetas.
—La puerta estaba cerrada con llave.
No importaba quién de los dos lo dijera, a veces uno mentaba la excusa y otro la culpa. Otras, al revés. Pero entre borracheras, risas y tetas, de tanto en tanto, el Cuatrohostias y Gatón volvían con el cántaro a la fuente.
—¿Cómo supo dónde encontrar a esos dos?
Hablaron, durante años.
—Mateo es inocente.
Eso decía siempre Gatón, siempre. Sin flaquear.
El Cuatrohostias se dormía. El sopor del vino y el cansancio tras aquel sexo apresurado, aceitoso y brusco, lo rendían. Eso y el largo día.
Pero los años se desvanecieron de un plumazo. Ya no estaba en una de las habitaciones de la planta alta, estaba en una de las mesas del negocio, abajo. Sentado con su amigo.
—Es un callejón sin salida, huele como el culo y no lleva a ningún sitio.
Y Gatón echaba un trago de vino, largo. Y una mirada aún más larga al escote de una moza inclinada sobre otra mesa con unas jarras.
—Yo sé cómo encontrar a tu culpable...
—¿Qué cojones vas a saber tú, boyero de mierda? —protestaba el Cuatrohostias.
Otro trago, otra mirada, una sonrisa cómplice, una invitación a pagar a medias por una de las mozas, para poner dos tetas más en la larga ristra.
—Encuentra los dineros. El que tenga los dineros es tu culpable.
—¿Qué carajo dices?, ¿qué coño de dineros? ¡Me cago en la puta piedra de La Meca!, ¿qué dineros?
Y Gatón, con la lengua pastosa, se explicaba. Con una mano a cada lado de la mesa.
—En Ourense construyen una catedral —y levantaba la izquierda—, en Compostela construyen una catedral —levantaba la otra—, las piedras, las sogas, la cal... Hasta las herraduras, más o menos, salen al mismo precio, aquí, en Compostela —bajaba una mano—, y en Ourense —bajaba la otra.
Y las levantaba ambas a la vez, para dejar claro que no conocía la respuesta, pero que tenía la pregunta adecuada.
—Sin embargo —otras veces incluso se levantaba y cambiaba de silla para sentarse junto a su amigo y hablar en voz baja—, el lapislázuli no, el lapislázuli se paga al doble...
Y el Cuatrohostias refunfuñaba.
—Siempre con la misma mierda, me cago en el lapislázuli, en el granito y en la... ¡Me cago en la puta calavera del profeta! ¡Y en todos los moros! Que son unos cabrones con pintas...
—Ya, ya —lo apaciguaba el antiguo boyero, pestañeando con fuerza para despejarse—, es el mejor que puede comprarse, el mejor de todos, venido del Beluchistán...
Y, si no estaba demasiado ocupado bebiendo, incluso el Cuatrohostias se despegaba el mal humor y repetía él mismo las palabras de García Rodríguez.
—... Hay que pagar muchos sobornos, hay que llegar a acuerdos con los moros, hay muchas bolsas que llenar para que, desde el Beluchistán, llegue hasta aquí...
Y se reían, porque o el uno o el otro engolaban la voz e hinchaban los carrillos para hacerse pasar por el gordo mercader.
—Ya, ya —admitía Gatón—, pero el doble, ¡el doble pesa mucho!
Y el Cuatrohostias renegaba.
—Le registré hasta las putas muelas —protestaba y se refugiaba en un trago de vino, miraba él hacia algún escote—, ¡hasta las putas muelas!
Es un cerdo, gordo y cebado, y mete mano en todo puto negocio.
Pero no roba más que cualquier otro mercader.
Es un callejón sin salida, apestoso, lleno de meos, y no lleva a ningún lado.
Y Gatón se llevaba un dedo al costado de la nariz, componía una expresión perspicaz, de sabueso tras un rastro fresco.
—Pues si las muelas no estaban picadas, sigue buscando, ¿le has mirado en el culo?
Y se reían juntos y se decidían por cogerse una moza para los dos o por compartir una habitación entre cuatro, cuatro y dos jarras de vino.
Reían.
El Cuatrohostias se dormía, pero sobre las sábanas, entre sus babas, en el tufo del vino y el sexo, murmuró algo que la moza, alisándose la falda, no escuchó.
—Boyero cabrón...
Y el Cuatrohostias se levantó. Tan brusco que se balanceó como un tentetieso, en una cómica lucha entre borrachera y equilibrio. Gruñó, cerró los ojos, soltó dos blasfemias que le hubieran provocado un síncope al arzobispo, y acabó de vestirse. Y lo hizo antes de que la rotunda moza terminase.
—¿No te quedas a dormir? —le preguntó ella metiendo los brazos en la camisola de cáñamo.
La miró. Lo intentó. Con los ojos tan pastosos como la lengua, afelpada y sembrada del regusto a vino.
—Tu culo ya lo tengo muy visto...
El Cuatrohostias dio un paso indeciso, otro, se apoyó en la pared.
—Y hay otro culo que tengo que desvirgar.
Y salió, a trancas y barrancas, pero salió, como la noche anterior, sin flirtear con la dueña del local, sin tiempo que perder. Y volvió a usar el agua del abrevadero para despejarse.
Se lavó la borrachera de la cara y se perdió en las calles de Compostela.