XI
—Mureando.
Eso fue lo que contestó el hijo cuando lo interrogó.
—Llegué el primero, de madrugada —continuó explicándose Mateo—, hay mucha faena si queremos acabar para la consagración.
El polvo que envolvía los talleres resentía la garganta del Cuatrohostias. Y, desde hacía años, aquel ajetreo de sogas, grúas y andamios lo ponía nervioso, no entendía lo que sucedía en las obras, y eso no le gustaba.
—Pregúntale a cualquiera —lo retó Mateo.
Altivo y seguro de sí mismo, el nuevo maese de obras se apartó. Tras él apareció el apóstol para el parteluz y la figura empezaba a intuirse entre las cicatrices del fierro.
—Te dirán que ayer no estaba así —aseguró Mateo—. Juanchón fue el último en finar.
El Cuatrohostias tosió, incómodo, y se sorbió los mocos.
Si volvía a pifiarla le caería un buen rapapolvo, y no tenía edad para empezar de nuevo, ni siquiera para apuntarse a las mesnadas que acudirían a Toledo.
—¡Cagüen las arenas del desierto! Otra vez la misma historia de mierda. Pues aquí hay gato encerrado, y lleva encerrado cuarenta años —escupió con rabia—, ¡me cago en las aljubas moras! Parece cosa del diablo...
La mención desdibujó el rostro del maese.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mateo desenredando los nervios.
Cuando el Cuatrohostias se lo contó, el nuevo maestro de obras perdió el color, entrecerró los ojos y se apoyó en la talla sin terminar.
—¿Mi padre?
Fue un susurro. Y del lado del muñón. El Cuatrohostias no escuchó la pregunta, pero la contestó igualmente, porque la rabia le hizo escupir lo que pensaba.
—¿Y quién cojones les quitó a los piojos su mejor solar?, ¿eh? ¡Me cago en las cagaleras del profeta!, ¡me cago en el minarete de Córdoba!, ¡¡me cago en todo lo alto!! Si no ha sido tu padre, y si no has sido tú, ¿quién cojones ha matado a ese bocazas piojoso?