Suseia (Camino de Santiago 2) X
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Perdido, el frade tuvo que insistir. Y preguntó, por tercera vez.

—¿A quién han asesinado?

—A ese piojoso de mierda de Sisnando.

Frade Gutierre dio un paso atrás, tropezó con su gran mesa y de las manos se le cayeron los cardos secos que había estado manipulando.

—Le han dado de hostias hasta cansarse —soltó una risa el capitán que fue como el romperse de un vidrio, sin ninguna gracia—, ¡cagüen los cuarenta virgos de las cuarenta huríes! Con una maceta de cantero.

El frade conocía a Sisnando, él le había preparado durante años el aceite de semillas de manzana que combatía las liendres.

El Cuatrohostias acortó su distancia con el frade, con dos pasos tintineantes de hierro.

—Y te voy a decir algo, frade —la sonrisa tenía poco de amigable, y aquel muñón en la oreja la hacía desapacible—, hace falta brazo para algo así, un brazo de carajo —dijo sorbiendo un gargajo agarrado muy al fondo—, yo no sé de martillos y macetas, pero sé de esto.

Desenfundó la daga, sin pudor alguno, y apuñaló el aire con cuatro cuchilladas rápidas. A la ingle, los huevos, uno de los riñones y el pescuezo, con la práctica de quien lo ha hecho más de una vez, y más de cien.

—¿Sabes lo que mata a buena parte de los novatos cuando entran en batalla?

No pudo hacer otra cosa frade Gutierre que sacudir el mentón, ni siquiera intentó agacharse a recoger el cardo.

—Están flojos, se cansan —remató el capitán con desprecio—.

Los hijos de papá, los niñatos que nunca han cogido un arado o una marra.

A la cuarta cuchillada se quedan sin fuelle y, cuando se acerca el moro —y se acercó él también, ciñendo la distancia con el frade—, no tienen cojones para levantar los brazos.

En ningún momento apartó los ojos del fraile.

—Y a mí —acabó por decir cuando se aclaró la garganta con un gargajo que revolvió por las muelas del juicio—, a mí me parece que para hacer papilla al piojoso de Sisnando ha hecho falta mucho brazo, una de esas macetas pesa cien onzas el primer golpe, pero cien arrobas diez golpes después.

Aun acogotado, no era hombre acostumbrado a esos negocios, Gutierre demostró temple.

—Él no ha sido —dijo señalando hacia los catres—, yo estaba con él, pasé la noche aquí mismo. Y ella también.

El Cuatrohostias rumió aquello. Lo paseó por la boca como una almendra que creyese amarga, sin saber si morder, o escupir y echarse un trago al coleto.

Y el frade insistió.

—Pidió confesión, estuvimos juntos hasta los gallos.

Acabó el capitán por aceptarlo sin reparos.

—Hasta los gallos...

El Cuatrohostias enfundó y dio una brusca vuelta sobre sí mismo, cavilando. Caminó herbolario arriba y abajo, sin dejar de mirar a los catres, envuelto en aquellos olores de medicina y potingues.

—¡De acuerdo! ¡Me cago en las putas profecías del puto profeta! Pero a mí me sigue oliendo a cuerno quemado. Y si no ha sido el padre, y tampoco el jodido espíritu santo, entonces, por cojones, ha sido el hijo.