IX
A la mancebía de la Juana vino a buscarlo aquel recluta, que ya no era novato, pero que seguía sin aprender el oficio, el hijo del mercader de paños con cara de ternero en día de feria.
Y, al recibir la noticia, al Cuatrohostias se le había pasado la borrachera de golpe.
De haber sido otro el muerto, no se hubiera dignado a salir de la mancebía hasta el día siguiente, pero él, como toda Compostela, sabía lo que se cocía en las obras de la catedral.
Al Cuatrohostias le bastó echar dos cortos eructos, un largo cuesco y refrescarse la cara en el abrevadero de la entrada.
Se le pasó la borrachera. La borrachera en la que ahogaba el recuerdo de los caídos antes que él, en la que ahogaba la indiferencia de Lambra, en la que ahogaba su incapacidad para resolver aquellos tres asesinatos. Tenía que ver al cuarto con sus propios ojos, y tenía que verlo cuanto antes.
Aunque, en cuanto lo vio, hubiera preferido no haberlo hecho. Tuvo la misma sensación que cuarenta años atrás, y que veinte años atrás.
Había visto de todo en los campos de batalla, pero lo primero que le vino a los labios dejó claro que, aun curado de espanto, aquello le parecía una salvajada.
—¡Hay que ser hijo de puta!
Se había topado con algo similar no hacía mucho. En aquella ocasión, azul. Ahora, rojo. Rojo intenso y profundo, cargado del inconfundible tufo a metal caliente.
Salpicado de azul. Salpicado de rojo.
En todas partes, mirase a donde mirase. En el pórtico todo azul. Allí, en aquel callejón podrido, incluso cuando la amanecida no era más que un escaso resplandor, incluso en aquellas sombras, todo rojo.
Rojo sangre.
El hijo del mercader cogió algo del suelo y lo alzó entre dos dedos, intentando no pringarse.
—Debió de usar este martillo.
El Cuatrohostias no tuvo que mirar para corregir a quien, para él, seguía siendo un recluta bisoño que estaba donde estaba porque al arzobispo Suero le había convenido cumplirle el capricho al padre.
—¡Zoquete de los cojones! Te mean encima y piensas que llueve. Eso no es un martillo, es una maceta...
Y, después de una pausa para soltar una de las flemas que tanto se la agarraban a la garganta, remató:
—... Una maceta de cantero.
Pero no la habían usado para labrar piedra. La habían usado para destrozar.
No le debía quedar un hueso sin quebrar, y el Cuatrohostias reconoció la carne abierta, inflamada, capaz de sangrar.
—¡Cagüen las ladillas de los huevos del profeta! Estaba vivo. ¡Menuda salvajada!
Una rata, escondida en las sombras, se asustó con las blasfemias y salió corriendo.
Era gorda, y deforme, contrahecha, cojeaba porque una de las patas traseras era poco más que un muñón inútil.
Pero se llevaba prendido en los hocicos un largo y fino trozo de mejilla sanguinolenta, aún se podían ver los puntos oscuros de la barba que nunca volvería a afeitarse.
Lo habían golpeado. Una y otra vez. Roto cada hueso. Convertido su rostro en un amasijo deforme.
Incluso habían aplastado cada dedo. Allí, a un lado, entre cuajarones de sangre había una uña suelta a la que aún quedaban pegados restos de carne, como carroña en un esqueleto que los buitres no han tenido tiempo de aprovechar.
Y otra más un poco más allá. Y dos muelas enredadas en sesos machacados.
Sólo quedaba agradecer que la helada hubiera impedido a las moscas zumbar como posesas en aquel festín.
—¿Cómo sabremos quién era? —preguntó el recluta.
Sin una sola blasfemia, con hastío, el Cuatrohostias también tenía esa respuesta guardada.
Tocó con la punta de la bota el guiñapo que, en algún momento había sido una mano, y rozó con el cuero, viejo y gastado, un anillo de oro.
—Sisnando, se llamaba Sisnando.