Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
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VIII

Para cuando fray Gutierre regresó al herbolario, después de los oficios de tercia, ya entrada la mañana, los dos esposos continuaban dormidos y el religioso tuvo el tacto de preparar sus remedios intentando no hacer ruido.

Elaboró unas dosis de aceite de menta. Y se decidió también por algo de cardo. Ambos buenos remedios para regular la bilis.

Estaba embotellando el último cuando la puerta del herbolario se abrió con un vendaval que hizo volar las hierbas de su enorme mesa. Y apareció aquel capitán de escasos modales al que le faltaba una oreja.

Ni siquiera le dio un buenos días, ni mucho menos preguntó por la salud del enfermo.

Se acercó a grandes zancadas, envuelto en el tintineo de la cota de malla.

—¿Cuándo cojones ha regresado?

Desconcertado, lo que incrementaba aquel amago de lagartija en su rostro, el frade tardó en comprender que el Cuatrohostias se refería al maese Mateo.

—¿Regresado? No ha ido a ningún sitio, y no irá en una buena temporada, está muy débil... Y baja la voz, necesita reposo. ¡Y ella también!

El Cuatrohostias advirtió entonces que allí estaba también la mujer, pero aún tenía más preguntas, y no pensaba callarse, no era algo que tuviera por costumbre.

—¿Vas a decirme que ha pasado toda la puta noche aquí?

El frade fue a contestar, pero el Cuatrohostias levantó una mano tajante y añadió otra pregunta más.

—¿Cómo coño, por las cagadas del camello del profeta, ibas tú a saberlo?

Ahora sí le permitió responder y el religioso se explicó, sin dejarse intimidar por las blasfemias, incluso añadió algo más, con el rostro severo y la misma expresión del admonitor que había tenido en su juventud en el convento.

—Y el Señor te libre de caer en la tentación de dudar de la palabra de un hombre de Dios —advirtió levantando una de las comisuras de los labios, cruzando las cejas, adelantando un pie y señalando con un dedo—,

porque para dejar de ser un cazurro cabezón y mal hablado no tengo cataplasma que funcione.

Habían pasado cuarenta años desde su infancia, cuando aquel fray Nisóstomo, a quien los novicios temían como al mismo Belcebú, usara un gesto similar para regañar, pero Gutierre creyó conseguir un efecto similar al de aquel odioso preceptor.

Y lo creyó porque, como le había sucedido a él mismo y a sus compañeros entre clase y clase de Teología, el Cuatrohostias se quedó más bien como el Mediahostia.

Y no hubiera podido decirse que en aquel rostro contrahecho apareció una sonrisa, porque, con aquel muñón por oreja, no había expresión que no pareciese una maldición, pero el humor del capitán había cambiado.

El Cuatrohostias miró al cielo, como si esperase a un ángel salvador.

—¿Has oído, compadre?, ¿lo has oído? Llevabas razón —dijo exultante, con aquella expresión que, en la lejanía, podía remendar una sonrisa—, hijo de la grandísima puta, llevabas razón. Esta puta vez no hay duda, no ha podido ser él.

El frade Gutierre, que se había metido en el papel de su antiguo admonitor y se había encontrado cómodo, malinterpretó las palabras del capitán.

—¡Ésas no son formas de hablarle al Señor! ¡Modérate!

El Cuatrohostias, con otro gesto retorcido que desbarató aquel muñón, corrigió de inmediato al religioso.

—¡Qué Señor ni qué Señor! Al Señor lo atiendo los domingos y las putas fiestas de guardar, yo le hablo a un jodido boyero. Putañero y bebedor, a un cabrón con pintas que tenía razón.

Aunque confundido, el frade, impulsado por aquel recuerdo de fray Nisóstomo, se sintió compelido a añadir algo más:

—Mal hombre debía ser ése con tales vicios.

El Cuatrohostias se encogió de hombros.

—Malo o bueno, eso ya se lo habrá dicho san Pedro con las llaves en la mano, malo o bueno, lo que a mí me va es que era mi amigo.

No pensaba fray Gutierre rebajarse a pedir explicaciones, así que cambió las tornas de aquel sinsentido, aún con el dedo levantado y las cejas arrejuntadas sobre la nariz.

—Pero, vamos a ver, ¿se puede saber qué buscas aquí? —el dedo fue bajando—, ¿algo para esa carraspera tuya? —las cejas se fueron relajando y el frade volvió, poco a poco, a su ser lagartijero—, ¿para la flema?

—¡Qué cojones flema ni carraspera!, busco a un culpable.

El frade tuvo que preguntar y, cuando lo hizo, ya no quedaba rastro de su viejo admonitor, volvía a ser el tipo afable y curioso que se hacía cargo del herbolario de Antealtares.

Tuvo que preguntar y preguntó.

—¿Pues de qué demonios va a ser? De lo de siempre —contestó el Cuatrohostias—, cada otoño caen las manzanas y, en Compostela, cada veinte años cae un muerto, asesinado.

Y el frade volvió a preguntar.

Pero el Cuatrohostias no soltó prenda. Uno de sus vicios era el de no creerse lo que no pudiera catar, como santo Tomás, y en lugar de contestarle al fraile se cuestionó a sí mismo, en voz alta.

—¿Quién mejor para usar uno de esos jodidos trastos?

Perdido, el frade tuvo que insistir. Y preguntó, por tercera vez.

—¿A quién han asesinado?