VII
Tenía el rostro destrozado. Las mejillas hundidas, un pómulo abierto como una granada madura. Tuerto. Por la barba corrían los humores del ojo, aplastado y vacío, un colgajo.
Tenía el rostro destrozado, a martillazos.
Era un guiñapo informe que levantaba una mano pidiendo auxilio.
Tenía el rostro destrozado el apóstol.
Sangraba. Aullaba de dolor, gritos que perforaban los tímpanos, se retorcía. Pedía clemencia.
Mateo despertó.
Se revolvió como si lo atacasen. Se levantó de golpe, alzando los brazos, giró sobre sí mismo, extrañado, confuso. Dispuesto a luchar o a huir. Buscando a su enemigo.
Y descubrió que estaba solo. En sus talleres, sin más compañía que sus instrumentos, sus gubias y sus trenchas.
Solo.
No intentó volver a conciliar el sueño. No se despidió de su esposa. Cogió un mendrugo de pan reseco de la fresquera y salió a la noche cerrada de Compostela para caminar cabizbajo hacia los talleres.
Como tantas otras veces había hecho su padre. Con la única compañía de la noche y los gatos, que seguían rondando por entre los puestos pese a los años pasados desde la muerte de maese Verrondo.
Mateo fue el primero en llegar.
Era noche de helada, la misma helada implacable que se aliaba con los canteros para domar la piedra.
Pero las obras estaban por acabar, no había cuñas de castaño empapadas.
Prendió dos de los pebeteros del pórtico, calentó las manos en las llamas incipientes y, como tantas otras veces había hecho su padre, Mateo tomó la maceta y el cincel.
Hierro contra hierro, una vez más en la noche de Compostela, hierro contra hierro, guerreando con la piedra.