Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Asesino. Mentiroso. Y, para colmo, dispuesto a pactar con el diablo.

Se confesó, con la misma prisa con la que hubiera huido de las llamas.

Mateo escupió sus pecados, los que creía sus pecados, como pus brotando de una herida.

Le habló al frade de sus dudas, de sus recuerdos confusos.

Lo dijo todo, todo lo que se le ocurrió, un batiburrillo que vino y fue, que regresó y volvió de un año al siguiente.

Un caos en el que sólo había una constante: las dudas.

—Non discierno eu. ¿Cuál es la verdad?

El frade no había hecho una sola pregunta, pero no tenía respuestas.

Sin embargo, la angustia que estrujaba el rostro del cantero lo obligó.

—El Señor conoce la verdad y, estoy seguro, si te das tiempo —prometió frade Gutierre—, la encontrarás en tu corazón.

Al cantero no le sirvió de mucho, se incorporó en el catre, tomó entre las suyas, ásperas, las manos del fraile, y las estrujó con desesperación.

—Demencié?

Nunca había sentido frade Gutierre aquella contrición en ninguna de sus confesiones. Aquel hombre ante él atravesaba una ordalía.

Y decidió responder desde la ciencia de curar, y no desde la fe.

—No creo que el loco se pregunte si está loco.

La incomprensión retorció el rostro del maese, tan exagerado que resultó cómico y el frade acabó por sonreír.

—No, no creo que hayas enloquecido. Creo que has trabajado demasiado en los últimos años —dijo Gutierre con sinceridad—. Creo que se te han desequilibrado los humores. Demasiada bilis amarilla, sí, eso creo. Tu temperamento más colérico ha salido a la superficie.

Tampoco sirvió de mucho. Allí seguían aquellos ojos acongojados, uno de cada color.

—Si ella —añadió el frade señalando a Aldonza— ha sabido perdonarte, el Señor también podrá perdonarte.

Y una pincelada de la angustia que atenazaba el rostro del cantero se diluyó.

—Con el tiempo —aventuró el frade—, encontrarás el modo de perdonarte a ti mismo.

Hablaron. Yendo y viniendo, como olas en la playa. No hicieron más que repetir lo mismo con distintas palabras pero, en cada nueva ocasión, el cantero encontraba una onza más de sosiego y sus hombros se libraron, a pocos, del enorme peso que los aplastaba.

Lo que sirvió, finalmente, para convencer al cantero de que, con reposo y buenas medicinas volvería a encontrar el camino, fue una apreciación del frade.

—En todos estos años, es la primera vez que no mencionas las obras, tus piedras o la catedral.

Frade Gutierre se quedó con el maese hasta que fue reclamado para el oficio de laudes.

—Calma, reposo, algo de adormidera —le dijo antes de despedirse—, un poco de extracto de alcachofa y mucho diente de león. Y pronto estarás bien.

Mateo dejó que el fraile marchase aunque, como un chiquillo asustado por la oscuridad, le pidió que dejase allí, en la gran mesa, la palmatoria, con su luz cimbreante.

Y, se tumbó en el catre, mirando hacia su esposa, que murmuró algo en sueños.

Mateo terminó por sacar un brazo tímido de la manta y apoyarlo en una de las rodillas de Aldonza y, por primera vez en no recordaba cuántos años, durmieron juntos, sin pesadillas.