V
Mateo despertó con un sobresalto. Envuelto en la agonía de una pesadilla que no pudo recordar.
Y todo a su alrededor resultó extraño. No había azul.
No sabía dónde estaba. Se sintió caer.
Hasta oír los suaves ronquidos. Entonces comprendió. Y sus ojos, uno de cada color, tras parpadear, se acomodaron a la oscuridad.
Allí estaba, no se había separado de su lado. Ni un solo instante, allí estaba. Ella. Quien había compartido sus sueños. Y, aún más importante, quien había compartido sus desgracias.
Y la culpa arañó el alma de Mateo.
Allí estaba ella, mal sentada en un taburete que había traído frade Gutierre, apoyada en el catre contiguo, con la cabeza en los antebrazos, en un vano intento de buscar acomodo. Se había negado a volver a casa, y se había quedado dormida en el herbolario de Antealtares.
A su lado.
—Siempre a tu lado, siempre —le había reprochado su hijo.
Y allí estaba, una vez más. Y la voz de su hijo retumbaba en su cabeza, como una tormenta.
—Siempre esperándote —había dicho conteniendo las lágrimas.
Y allí estaba, una vez más, esperando a que mejorase. Dispuesta a dar sin recibir.
Pero a Mateo le costaba recordar. Su pasado temblaba. Aún podía oír gritos y protestas, y las palabras de su hijo lo hacían dudar. Las palabras de su hijo habían sido como meter las manos en la maleza y abrir un hueco, pero seguía sin tener claro lo que ahora veía a través de aquella maleza.
—Ah, estás despierto.
El frade Gutierre apareció entre las sombras, detrás de una palmatoria en donde danzaba una llama tímida que acentuaba las sombras de aquella cara de lagartija.
—Ha terminado el oficio de vigilias y pensé...
Entonces la vio, hecha un cuatro, dormida.
—Eres un hombre afortunado —añadió Gutierre, seguro de sí, apoyando la palmatoria en su enorme mesa.
Trasteó entre sus hierbas y cacharros hasta encontrar un trozo de vieja manta que usaba como estameña, para colar preparados cuando hervía grandes cantidades.
—Está lavada y seca, no te apures —le aclaró mientras se la ponía sobre los hombros a Aldonza.
Y regresó a por la palmatoria.
—Estas primaveras frías son traicioneras —dijo el fraile, acercándose ahora al catre del maese Mateo—, ¿cómo te encuentras?
—Confesión. Úrgeme confesión.