Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Elo lo recibió con una sonrisa.

Estaba sentada junto al hogar, haciendo encajes, los mismos que habían ayudado a Aldonza a sanear las apreturas antes de que llegase el nombramiento de maese. La suegra le había enseñado a la nuera.

Al oír la puerta, alzó el rostro, y la larga trenza se deslizó por un hombro.

Y Mateo se sintió agradecido de encontrar el hogar encendido y a su esposa sonriendo, no supo decidir qué le reconfortaba más.

—Apestas como una mula —se burló Elo.

Y, aunque no fuese en serio, a Mateo le dolió. Había intentado asearse, quitarse algo del polvo, en el mismo barril que Juanchón.

—Tenía hambre —continuó Elo, sujetándose el vientre hinchado—, no te hemos esperado, pero sí te hemos dejado algo.

Ella abandonó las labores a su lado, en el banco que corría junto a la amplia lareira, e hizo ademán de levantarse.

Aunque Mateo estaba baldado, le bastó ver el gesto.

—Ya me ocupo yo —se ofreció.

Le dolían hasta las cejas. La madera no destrozaba el cuerpo como la piedra. Pero fue Mateo el que se acercó y se sirvió con el cacillo del caldo de grelos y habas.

Ni siquiera usó la cuchara, se lo bebió de la escudilla en unos pocos tragos, aunque no estaba tan caliente como le hubiera gustado. El fuego eran apenas rescoldos y la trébede sostenía el caldero demasiado lejos.

—¿Has podido hacer algo del encargo de Toledo?

Ella lo preguntó de un modo casual. Con la sana intención de involucrarse en los asuntos que le quitaban el sueño a su esposo.

Pero él saltó como si le hubiera dado un estacazo.

Se sacó la escudilla de la boca, y una de las hojas de nabo, de verde intenso, quedó pegada a la barbilla. Contestó alzando la voz, brusco. Como hacha en la madera.

—¿Y cuándo querías que lo hiciera? No he parado en todo el día.

Elo se echó atrás en su asiento. Las labores resonaron como un cascabel.

Mateo reculó, asustado.

Afortunadamente, Elo tenía más temple. Pasada la sorpresa, remató aquel esfuerzo por levantarse y se puso a su lado.

—Ya lo harás mañana —dijo con dulzura.

Fue ella quien lo recogió en brazos. Fue ella la que tendió de nuevo el puente que acababa de romperse. Y Mateo, agotado. Se dejó hacer.

—Lo siento.

Hubiera sido fácil decirlo, muy fácil. Especialmente cuando ella, cariñosa, usó el pulgar para limpiarle la barbilla.

Pero no pudo hacerlo. Estaba cansado, le dolía el dedo machacado, le preocupaban siete cosas distintas de la obra y aquel bloque de piedra que se negaba a convertirse en apóstol.

—Lo siento.

Como si amasara harina y agua, fue dándole cuerpo a las dos palabras en el fondo de la garganta, incapaz de pronunciarlas aún.

Lo que salió fue bien distinto.

—Sí, mañana.

Dos palabras también, pero que tenían poco que ver con cómo se sentía.

Y Elo decidió que era mejor cambiar de tema. Lo ayudó a quitarse la túnica, masajeó los hombros doloridos, lo invitó a sentarse. Trajo agua limpia y un trapo.

Pese a que cada gesto le costaba un mundo, impedida por el embarazo, se arrodilló junto a él, sentado al borde del banco. Y usó el trapo húmedo para asearlo, con la delicadeza de añadir un beso después de cada pasada del trapo.

—He estado pensando —dijo ella arrimando el cacharro al amor del fuego—, ya sé que es imposible, pero quizás deberíamos considerar la posibilidad de que te equivoques.

El tono pícaro y la media sonrisa delataban a la legua que bromeaba.

Y Mateo, arrobado, se dejó hacer.

—¿En qué podría yo equivocarme? —con un dejo burlón.

Aún tenía aquella disculpa atascada en el fondo de la garganta, como una mala flema de invierno.

—Mateo —dijo ella—, Mateo estaría bien.

No comprendió. Y ella, al advertir el ceño fruncido de su esposo, sonrió de nuevo, con traviesa picardía.

—Algunos Mateos son cabezotas, otros demasiado orgullosos. Tengo entendido que incluso los hay vagos, muy vagos, vagos redomados. Pero Mateo es un bonito nombre...

Elo sonreía al borde de la carcajada, sólo quería tomarle el pelo a su esposo, como tantas otras veces. Seguía convencida de que daría a luz a una niña con el pelo negro como ala de cuervo y ojos violetas, intensos e inolvidables, los que tenían las mujeres de la familia que poseían el don.

Mateo se quedó inmóvil, completamente inmóvil. Ni siquiera pestañeó.

—Seguro que será un niño —continuó divertida—. Deberíamos llamarle Mateo, como su padre, como su abuelo...

La duda nació, pequeña, igual que una lucecilla al final de una cueva. Quizá se había metido en un jardín con demasiado barro. Pero era difícil echarse atrás, y Elo continuó, haciendo esfuerzos por espantar aquella duda.

—Ahora que vuelves a hablar con él... Y estoy segura de que se recuperará y podrá verlo crecer —el tono burlón había quedado secuestrado por aquella duda—, resultaría bonito continuar con la tradición...

Elo comprendió que algo no iba bien. Su esposo parecía petrificado. En el torso desnudo se delineaban los músculos, las venas hinchadas.

Había cerrado los puños. Con fuerza.

Mateo no pensó en que la culpa era suya, por no haber compartido sus terribles sospechas. Había guardado, en algún rincón muy profundo, aquella vergüenza de plata.

Había enterrado en lo más hondo de las tripas una llave y un cortaplumas.

Pero no podía pensar en ello.

Elo continuó hablando, y la voz temblaba, pero ya no podía detenerse.

—Si te equivocas...

La broma sonaba hueca. Había perdido todo su sentido.

—... Si nace un niño, podríamos llamarlo...

El padre de aquel hijo que esperaban se levantó de golpe, impulsado por un resorte. Y no dijo una sola palabra.

Fue la primera vez que no durmieron juntos.

El hijo, el hijo que sería padre en unas semanas, Mateo, durmió solo, en el taller.