III
El pulgar resultó un incordio.
Y tuvo que contestar más preguntas de las que había contestado en su vida. Cada esquina, cada remate, cada cornisa venía aparejada con una decisión que le correspondía al maestro de obras. Había que estar pendiente de cada detalle y los hombres rara vez querían asumir una responsabilidad.
—El maese dijo —habría sido la excusa.
O quizás:
—Así mandó hacer.
Incluso:
—Moxe xidome.
Las horas pasaron y Mateo comprendió que apenas podía atender a lo que quería atender. Mientras, la réplica del apóstol no contaba siquiera con ojos a los que mirar, seguía siendo un bloque de piedra.
No comió, cuando iba a hacerlo, los sogueros vinieron a quejarse de que necesitaban un nuevo mallo.
Y una vez les hubo asegurado que los carpinteros lo fabricarían, no pudo regresar a la escudilla que esperaba junto a Juanchón, porque entonces uno de los esportilleros pasó sin atención bajo la grúa de rueda, donde aún colgaba una de los esquineros de la torre, y el pobre se descalabró.
—¡Virgen Santa! De no haber llevado gorra —dijo Juanchón—, se nos desgracia el muchacho.
Con el canto de la piedra se había abierto una brecha que sangraba con escándalo. Aunque no se quejaba, cohibido por la vergüenza.
Mira dónde pisas, mira dónde pasas.
Eso grababan a fuego los veteranos en los sesos de los aprendices. Una obra, más de aquella magnitud, estaba siempre erizada de peligros.
Mateo no comió.
Y no dio más de veinte martillazos seguidos hasta que se anunciaron vísperas en los conventos y los hombres empezaron a plegar para finiquitar la jornada.
Cuando los mozos barrían los talleres y el herrero cogía los encargos para los temples, pudo Mateo centrarse en el apóstol por primera vez.
—¿Necesitas ayuda?
Era Juanchón, que se había quitado en un barril de agua de lluvia la mugre de la cara, y se acercaba con el pelo mojado y la mirada alegre.
Ambos sabían que poco podía hacer.
Había sido la talla de su padre.
Ahora era la suya.
Bloque y cantero se casaban mientras duraba el trabajo. Y no convenía que otras manos anduvieran por medio.
—Non se lle poñen cornos as arrías. Una piedra. Un cantero.
Mateo lo dijo sin darse cuenta de que era la frase de su padre. Y Juanchón sonrió con tanta intensidad que su rostro goteó.
Mateo se quedó solo, con la piedra. Trabajando en talleres vacíos.