II
No se lo contaría ni siquiera a Elo. No quería reconocérselo a sí mismo.
Pero el peso de la maceta sentaba bien. El tacto del cincel aún mejor.
Le gustaba la madera, le encantaba su trabajo como ebanista de instrumentos. Pero la piedra. La piedra tenía algo más.
La piedra era inmutable, una amante más caprichosa, más exigente, a la que le costaba perdonar. La piedra atrapaba de un modo distinto.
Bastaron los primeros golpes para viajar al pasado.
—Tienta, a esquerda y destra. Izquierda y derecha.
La voz de su padre al colocar el cincel.
—Tienta, busca acomodo.
Estaba allí, luchando por salir de su encierro, la voz de su padre.
—Sinte. Cada arría ten seu andar. Siente la ley.
Y era cierto, como vetas en la madera, pero más caprichosas, más orgullosas.
—A un xeito, abre ben, a os outros dos, escacha. Tienta. Sinte.
Cada golpe del cincel borraba un año, cada trozo de granito que saltaba se llevaba otro. Aún no tenía delante más que un bloque de piedra con unas pocas cicatrices, podía ser una réplica del apóstol o cualquier otra cosa, aun así, el que la trabajaba volvió a sentirse cantero.
Pero la piedra tiene su ley. La piedra exige su precio.
La maceta resbaló en la cabeza del cincel y cayó sobre la mano.
Mateo mordió la maldición que le subió a la garganta.
Y disimuló, por si los otros miraban. Era un error de novato.
Se contuvo, apoyó el cincel y la maceta, en el mismo cepo que tantas veces había usado su padre.
Y se echó atrás, como si quisiera examinar con calma el bloque de piedra, con las manos en los riñones.
Sólo después de tres avemarías se atrevió a mirar, con el rabillo del ojo, sin que se notara. La uña del pulgar había enrojecido, empezaba a hincharse el pulpejo del dedo. Antes o después se volvería morada, quizás se caería.
Pero sonrió.
—Cada piedra, cada arría cobra seu prezo, e cada arxina xebe zaspear.
Y se acordó de algo. Llamó a Juanchón, que revisaba una gárgola que se cargaría en la grúa de rueda para alzarse hasta la cumbre de la torre norte.
—¿Tenemos a alguien bueno con la gradina?
Juanchón también sonrió. Y le contestó que sí, que por supuesto, que el maese había elegido a unos pocos para el trabajo fino.
Mateo miraba hacia la otra torre, la sur, a la cara que daba a los talleres. Señaló y ordenó que repasaran los sillares de una de las falsas arcadas.
—Hay que galgar las llagas —ordenó—, diles que suban con una regla.
Juanchón también miró, e iba a negar, pero antes de que lo hiciera Mateo lo obligó a girarse un poco, a buscar que la luz del sol, a punto de alcanzar el cénit, le ayudase.
—¡Virgen Santa! Cierto —reconoció sin tapujos.
Otro hombre se hubiera negado a admitirlo, alentado por el orgullo, pero Juanchón no tenía ese problema. Al contrario, estaba satisfecho de que Mateo engranase en los talleres.
—Diré que lo hagan mañana, ¡A primera hora!
—Mejor al mediodía —dijo Mateo—, cuando la luz cantee. Verán mejor la sombra de las llagas. Será más fácil cuadrarlas.
Y la sonrisa de Juanchón desapareció, porque la boca se le abrió con la sorpresa.
Acabó por mirar a la torre, mirar a Mateo, mirar al sol.
—¡Al mediodía! —coincidió feliz—. Lo juro por la Virgen. ¡Al mediodía!
Y Juanchón añadió algo más, con una mezcla de orgullo e impaciencia. Incluso prisa. Una buena noticia tras una mala racha.
—Y ellos se darán cuenta, todos —aclaró abarcando los talleres con un brazo—, te ganarás su respeto.
Estaba admirado, y los demás también lo estarían. No era la orden de alguien que mandaba por mandar, con el solo capricho de imponerse, era la orden de un maese, de uno que se había dado cuenta de algo que habían pasado por alto cien ojos antes que él.
Y, de inmediato, aunque en tono más bajo, como si fuera un secreto.
—Eres hijo de tu padre —añadió Juanchón.
Y era cierto, por primera vez en más de veinte años, Mateo se sentía, de nuevo, hijo de su padre.
Ahora fue Mateo el que miró.
Al apóstol sin terminar, a una torre, a la otra, al pórtico. Al parteluz. Y tuvo una idea que lo llenó de gozo.
Ya sabía qué pondrían en aquel vacío al pie de la columna central del pórtico, lo vio claro. Y, por primera vez, se sintió seguro de las tareas que tenía por delante.
—Vamos a conseguirlo —le dijo a Juanchón, convencido—. Finaremos.
No podía saber que aquel pulgar dolorido no era precio suficiente. Aún tenía deudas que saldar.
Ni siquiera se había dado cuenta de que Sisnando no se había presentado en los talleres aquella mañana.