Suseia (Camino de Santiago 2) Tres y dos
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Tres y dos

I

Era como la música. Como su música. El pórtico era una melodía en piedra donde las proporciones, como las notas de una tonada, guardaban relaciones que las hacían, a unas y a otras, inútiles sin sus compañeras.

Viéndolo, Mateo comprendió que, si la música eran intervalos, la escultura eran vacíos. Lo que no estaba, lo que había entre una y otra. Y cómo se relacionaban.

Y el trabajo de su padre era una obra maestra.

Al fondo, muy al fondo, el orgullo pateó. El orgullo quería subir a la superficie. Pero la testarudez tenía la misma fuerza, o más. Admitirlo dolía como hubiera dolido perdonarlo.

No estaba listo para algo así.

Aún tenía que luchar contra el arrepentimiento por haber aceptado el trabajo.

Bajo el parteluz, junto a los pies de apóstol, Mateo no tenía mejor cara que el propio Santiago, destrozado por el cincel de su padre.

—¿Qué querrías que hiciera ella? —había preguntado su esposa.

Y Mateo estaba allí, pero, como padre, no como hijo. Estaba allí, se repetía, una y otra vez, por su deber como padre, para darle ejemplo a su hija. Ni por asomo estaba allí para cumplir como hijo.

—Tengo que acabar el encargo de Toledo —le había dicho a Juanchón nada más llegar a los talleres.

Y Juanchón no había abierto la boca. Sólo había asentido.

—He de terminar con esto en dos semanas, como mucho tres —había insistido Mateo.

Y el otro, que conocía las obras, que sabía cuán fácil se desbarataban las cosas, fue cauteloso.

—La tarea la canta el maestro pero la hace la piedra...

—Cuatro semanas —respondió de inmediato Mateo—, a lo sumo. Mis asuntos son otros, no puedo estropear lo de Toledo.

Y Juanchón había asentido de nuevo, comprensivo. Pero al tiempo, como un lazarillo, lo guio por entre los puestos en la explanada de la Trinidad, incluso lo condujo escaleras arriba.

Y al llegar a la segunda altura, la del pórtico, la que se abría a la nave, Mateo había insistido.

—Cuatro semanas.

Pero nada más decirlo quedó cautivado por las estatuas. Por sus vacíos.

Ahora, mediada la mañana, Juanchón y otros tres ensogaban al apóstol para retirarlo, y en los talleres ya se había preparado un bloque para que el hijo del maese empezase a trabajar, sin embargo, el problema no era copiar aquella pieza.

—¿Qué pondremos ahí? —preguntó Mateo.

Ése era el problema. La base del parteluz, en el lado de la nave principal, donde había estado aquel secreto de plata.

Juanchón dio dos órdenes más, los hombres, subidos al andamio, engancharon las eslingas a las sogas del polipasto, todo estaba listo para sacar al apóstol. Y se encogió de hombros.

—¡Virgen Santa! ¿Y qué sé yo? Tendrás que preguntarle a tu padre.

Ése era otro problema. Y Mateo tropezó, tuvo que recobrar el equilibrio.

Juanchón lo miraba lleno de esperanza, cargado con un alivio que se reflejaba en su rostro, igual que si le hubieran puesto un farol encendido frente a la cara.

—Bien lo sabe nuestra Santa Señora la Virgen María, me alegro de que estés de vuelta con los arxinas —le dijo Juanchón, con el rostro lleno de aquella luz.

Qué podía decirle.

Y al reconocer las dudas en el nuevo encargado de las obras, que no había querido aceptar el título de maese, que había corregido a todo aquel que le había llamado lapingo en esa primera mañana, Juanchón intentó reconfortarlo.

—Éste es tu sitio —dijo convencido—. Aquí te destetaste.

Qué podía decirle.

Y decidió no decir nada.

Mateo le puso una mano en el hombro al gigantón y sonrió. Había palabras que era mejor no pronunciar. Así que empezó a hacer su trabajo, no tanto porque lo desease, sino por evitar que Juanchón siguiera tirando de aquel cabo.

—¿Tenemos acopio de...

Mateo dudó un instante, dejó la pregunta a medias. Volvió a empezar.

—¿Tenemos arrías para terminar?

Oír de labios de Mateo la verba iluminó aún más, aunque pareciera imposible, la expresión de Juanchón. Y el gigantón asintió, enfático.

—Con el último envío del Penedo hay de sobra —aseguró—, para finar las torres y para lo que queda aquí.

—¿Y lapislázuli?, ¿Y oro?

—¡Así lo quiso la Virgen! Los frades tienen de sobra en el escritorio —respondió Juanchón encantado.

—¿Y qué falta por pintar?

—El coro está —contestó ahora, señalando más allá de las lonas y el andamiaje que cubría el pórtico—, ¡bendita sea la Virgen! Y en la nave faltan nada más detalles en las columnas. Sólo queda finar aquí —concluyó Juanchón abriendo los brazos para abarcar el pórtico.

Y sólo entonces Mateo se percató de que el resto de los canteros, los sogueros, los yeseros, todos en los talleres miraban hacia allí. Incluso los tres que bajaban por fin al apóstol al suelo.

Hacia él.

Y en todas aquellas miradas había esperanza. Vibraban con ilusión. Parecían niños relamiéndose antes de que se abriera el horno y el tahonero empezara a sacar dulces.

Juanchón lo advirtió.

—Virgencita... Los últimos años...

Lo dejó en el aire, sin saber muy bien qué más decir. Y Mateo recogió el guante.

—Lo sé, lo sé.