XVIII
Elo no tenía dudas.
—Es tu padre —le dijo.
No insistió, no mencionó que su deber como hijo era cuidar de él, dejó todo lo que pensaba bajo aquellas simples palabras. Conocía a su esposo. Le habló con voz calma y tomó asiento, lista para esperar.
El parto se acercaba y se sentía pesada, incómoda, torpe.
Tenía que orinar tres veces entre campanadas, hubiera jurado que, como mucho, podía rezar diez credos entre visita y visita al corral.
Y estaba preocupada por las ropitas de la criatura, por si la leche manaría de sus pechos en abundancia. Tantas cosas podían torcerse.
Ya se habían torcido antes.
Estaba preocupada. Y aterrada por el parto. Pero se sentó, con una mano en la barriga y mordiéndose el labio inferior.
Suspiró, puso la otra mano también sobre su maternidad, y lo repitió:
—Es tu padre.
—No puede conocerla —rebatió Mateo—. Nadie la ha tocado. Está prohibida. Y es demasiado... Difícil. Imposible...
Elo, paciente, esperaba. Mateo divagaba.
—Se ha intentado —dijo dudoso, pensando en los rumores—, pero es imposible —buscando una seguridad que no sentía—, Zonio decía que nadie sería capaz de hacerlo...
Ella arrugó la nariz. Su esposo se había traído a cuestas los intensos aromas del herbolario de Antealtares y, últimamente, todos los olores se le hacían demasiado, no había tenido náuseas en ningún momento, pese a cuanto se decía,
pero desde hacía unas semanas debía refrenar la ridícula necesidad de taponarse las narices cada poco.
Su esposo le hablaba, pero se hablaba también a sí mismo, intentaba razonar.
—¿Y si es verdad?
Y chistaba, se acercaba a ella y se volvía a alejar, como si dar vueltas allí, junto al hogar le ayudase a pensar.
—No ha hecho un pacto con el diablo... —recitaba Mateo.
Como si fuera una insensatez. Como si fuera la mayor de las locuras.
—Pero a lo mejor vio algo, a lo mejor... ¿Cómo puede conocerla? Es una leyenda —insistía confuso—, la mayoría de los frades ni siquiera han oído hablar de ella, ¿cómo?
Decía una cosa y la contraria, iba y venía como pollo sin cabeza. Y Elo volvió a mirar aquel dibujo que su esposo había dejado en la mesa, luego lo miró a él, de reojo, por debajo de la ceja.
—Está muy bien para ser de un niño —dijo suavemente.
Mateo ni siquiera se volvió, se había detenido un instante al borde mismo del hogar, donde colgaban las chacinas para ahumarse, y toqueteaba un rollo de unto como si estuviese lleno de respuestas.
—Podía ser mejor —se quejó lastimoso.
Y Elo asintió con pesadez.
—¿Y tú qué crees? Si te hubiera dicho que eran maravillosos, ¿te hubieras esforzado tanto?, ¿hubieras mejorado?
Iba a responder, del tirón, sin una sola duda, pero, en cuanto abrió la boca, se le atascaron las palabras, y se puso de nuevo a medir la estancia con sus pasos.
—No ha venido a verme desde aquel día, ¡no te conoce!
Y Elo, como si supiera dónde acabaría aquella conversación, regresó al comienzo.
—Es tu padre.
Y, despacio, con la intención en cada letra, cada sílaba, cada palabra, añadió:
—Merece el beneficio de la duda.
Mateo fue a responder, pero no pudo hacerlo. No sabía qué decir. Y ella aprovechó el silencio.
—¿Has hablado con tu madre? —preguntó Elo.
Desconcertado, su esposo tardó en contestar.
—No... No ha querido escucharme —dijo al fin con desesperación—. No me ha dejado hablar, ha salido para el herbolario a toda prisa, quiere quedarse junto a él, ¿te lo puedes creer? No le guarda rencor. No...
No sabía cómo continuar. Y Mateo regresó a la pregunta que lo acosaba.
—¿Cómo podía conocerla? No sabe nada de música...
Elo era bisnieta de una mujer que, además de llevar su mismo nombre, todas las mujeres en su familia se llamaban así, había tenido fama de meiga.
Su madre siempre le contaba que la abuela había atendido un lucrativo negocio en la ciudad y que no era la primera, y no sería la última de la familia con aquel don.
—Hay más de lo que ven los ojos —le decía siempre su madre, repitiendo la frase de la bisabuela.
Elo no había nacido con aquel don, pero recordaba las historias que había oído de niña.
Y estaba convencida, aunque hiciese rabiar a su esposo, de que llevaba en el vientre a una digna descendiente de aquella meiga, y de que su hija, ella sí, nacería con los profundos ojos violetas de la bisabuela y heredaría aquel don, o aquella condena.
Elo se masajeó los cuadriles en un vano intento de calmar un dolor del que no podía separarse desde unas semanas atrás. Y se puso en pie para acercarse a su esposo.
Ignoró aquellos olores de botica.
—No se le puede poner plomada a todo —dijo ella con suavidad.
No caló el mensaje como hubiera querido. Conocía a su esposo. Se frotaba la nuca, en un gesto que le hacía parecerse, más de lo que hubiera querido, a su padre.
Y, por primera vez, abandonó las bromas que se había traído desde la primera falta, cuando tuvo la certeza de que estaba embarazada.
—Será niña, lo sé, y la llamaremos Elo.
Aquello desconcertó a Mateo. Que no supo cómo reaccionar. Pero su esposa siguió hablando.
—Le has dicho que no al arzobispo, pero piensa en algo, piensa en qué te gustaría a ti que hiciese ella —sus manos abrazaban el vientre preñado—.
Si no pudieses acabar ese condenado organistro que te quita sueño y vida —se lo dijo sin reproches, sólo dejando claro que, aunque su esposo lo negase, no era tan distinto a su padre—, si no pudieras acabarlo, ¿qué te gustaría que ella hiciese?
El uno junto al otro, pegados al calor del hogar. Y Mateo bajó las manos y las puso sobre las de su esposa, sobre su futura hija, en un gesto tierno, cargado de dulce esperanza.
Elo insistió:
—¿Qué querrías que hiciera ella?