XVII
El arzobispo, raro en él, se explicaba. Pero Mateo no prestaba atención. Pensaba en su padre, y en lo que el Cuatrohostias le había dicho de camino, entre pasos rápidos y tirones.
El capitán había hablado de ello como si la idea pareciese ridícula, pero a lo mejor era sólo conmiseración.
—Estaba convencido, hasta las trancas, ¡carajo! Convencido de que los había matado.
Apenas entrando en el palacio, de camino a las escaleras.
—Gatón, el muy cabrón —una pausa, algo que pareció una sonrisa—, me hizo ver que ese estercolero rebosaba mierda.
Mateo no escuchaba al arzobispo. Seguía escuchando al capitán, y a su padre, y aquel puñado de notas con acordes prohibidos.
—Prohibidos —había dicho Zonio—, esos intervalos están prohibidos, tres tonos entre una nota y la otra, los prohibió el papa. Son poco edificantes, pueden inducir —una mirada a un lado, al otro, bajando el tono de voz— a comportamientos prohibidos.
Escuchaba al capitán, a su padre, y al frade Zonio.
—Entre el cuarto y el séptimo grado —con los labios fruncidos y expresión de asco—. Es música maligna —había añadido Zonio con una sonrisilla pícara—, dicen que es el acorde del diablo, diabolus in musica. Patrimonio de sodomitas, lujuriosos, lascivos y... —Una pausa, cargada de intención—. Y locos.
Y el mismo fraile había descartado la idea por peregrina. Pero con una sonrisa incómoda. Con la expresión de un chiquillo mirando al fondo de un pasillo oscuro y bisbiseando para sí que allí, en las sombras, no hay ningún monstruo.
—Será mejor que sigamos practicando, hay progresiones que debes mejorar... Dejemos las notas a los músicos y las escrituras a los santos.
Había sido un hombre práctico el fraile Zonio, poco inclinado a un extremo o al otro. Un hombre con alma de tentetieso.
Podía escucharlo. Ahora mismo. No habían pasado años. Sólo un instante.
Podía escucharlo.
A quien no escuchaba era al arzobispo, que seguía hablando, que señalaba a Juanchón y a Sisnando.
No lo escuchaba, pero Mateo tenía la respuesta:
—No, no lo haré —sentenció.
Y la cara del arzobispo se demudó. Aún tenía excusas y pretextos, pero Mateo no quería escuchar.
—No contéis conmigo.
Y Mateo, el hijo, se marchó, sin esperar permisos. Dejó al arzobispo con la palabra en la boca. A Juanchón al borde de las lágrimas y a Sisnando sacudiendo los puños por encima de los hombros.
Se marchó.