Suseia (Camino de Santiago 2) XVI
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XVI

La conocía. Y no la había escuchado jamás. Nunca.

Sólo unas notas. Una insinuación. El escote de un prodigio. Zonio las había recitado, moviendo las manos, explicando aquel imposible.

No, no la había escuchado. Nadie la había escuchado.

—No puede tocarse —había dicho Zonio.

Pero tenía que ser aquella leyenda.

La había buscado incansable, para ser mejor, para tocar mejor, para comprender la música que amaba.

La conocía. La conocía, aunque jamás se había tocado. Ni siquiera existía la partitura. Era sólo un rumor. Delirios.

—¡Despierta, cojones! El arzobispo quiere verte.

Se volvió con el corazón en el pecho. El Cuatrohostias había logrado asustarlo.

Su padre había quedado rendido en el camastro. La sombra, gris y consumida de un hombre. El pecho subía y bajaba, pero no respiraba, rasgaba el aire.

Y Mateo, el hijo, no sabía cuánto tiempo había pasado. La música lo había atrapado.

Gutierre no había regresado, pero allí estaba el capitán del arzobispo entrando a las carreras en el herbolario, y lo miraba como un chucho a un hueso.

—¿A mí?

—Sí, a ti —le espetó el Cuatrohostias—. Tira y no jodas más la marrana.