XV
Todas aquellas hierbas llenaban el lugar de un olor medicinal. Traían recuerdos de fiebres y mantas que llegaban a calmar el frío, recuerdos de madre, tisana, y besos en la frente.
Indiferente, la mañana se colaba por las ventanas.
Dibujaba patrones de luz en el suelo. Descubría restos secos de tallos y hojas, un trocito roto de una cántara de barro, una fila de hormigas que iban y venían, que habían encontrado entre todos aquellos trastos algo de provecho y se lo llevaban a su guarida.
Aquellos restos, una hoja marchita de rosa. Aquellas hormigas, que formaban como un ejército, eran todo lo que el hijo quería ver.
No quería levantar los ojos y mirar a su padre.
No podía.
Había caído una tormenta. Todo estaba anegado, lleno de barro. Se habían roto lazos que jamás volverían a atarse.
El hijo resopló, lleno de disgusto, de dolor, de pena.
—Voy a buscar al capitán Ansúrez —dijo resignado—. Tiene que saber la verdad.
Y el padre no se resistió. Se sabía derrotado. Era una sombra en aquel catre. Daba lástima. No hubo jamás un pordiosero que necesitase tanto una limosna.
—Bai. Da aviso —concordó el padre—. La justicia de los hombres no me escalda —dijo en tono de súplica—, me atribula el Juicio Final.
Pedía ayuda sin atreverse a pedirla. Le reconcomía la culpa.
—¿La madre tuya...?
Con el mentón derrotado sobre el pecho, el padre no acabó la pregunta, tenía demasiadas cosas con las que luchar. Y, aunque quería hablar de una vida, por más que lo intentaba, regresaba una y otra vez al mismo instante, a los dos mismos instantes.
—No entilegé. El pacto quedó sellado, ¡con sangre! —insistió—. Las dos veces.
El hijo se puso en pie, cansado, infinitamente cansado.
—Son imaginaciones tuyas...
Y el hijo se arrepintió nada más decirlo. Se había puesto una coraza. Y no quería quitársela. No podía aceptar aquella excusa.
Se ablandó.
—El diablo...
Se sintió ridículo el hijo. Era un hombre de fe, creía en el Señor y en los Cielos, pero meter al diablo en el oficio de cantero se le antojaba demasiado.
Quería irse. Quería quedarse. No sabía qué hacer.
—Si existe el diablo —recomenzó el hijo—, y no creo que el Señor...
Su padre lo interrumpió.
—Morrón. Hay oscuridad... Donde no hay luz, hay oscuridad.
Lo miraban aquellos ojos, uno de cada color, niebla y noche. Y el hijo se pellizcó las cejas, dejó el puño contra la sien. Su abuelo, su padre. Qué sería de él. Dónde se escondía la locura que acabaría por alcanzarlo.
Quería zanjar el asunto. Enterrarlo. No volver a hablar de ello, jamás. Sin embargo, la conciencia del hijo lo desgarraba en dos. Sentía el deber de desenmascarar a su padre, y también sentía el deber de ayudarlo.
—Nadie conoce la piedra como tú —reconoció el hijo, conciliador—, lo que has hecho en la catedral es...
Es maravilloso —incluso pudo regalar algo dulce con sus palabras—, irrepetible.
Encoge el corazón. Y lo has hecho tú. No necesitabas vender tu alma...
Piénsalo, ni siquiera te lo pidieron. No pidieron nada a cambio...
—Itoiz. No prestaba —respondió al padre—. ¿Qué más querría el maligno que ghichar la más grande obra de la cristiandad?
El hijo fue a intervenir, pero el padre no le dejó.
—Cumple destruirlo —dijo con fuerzas renovadas—, hay que echarlo abajo. ¡El pórtico! Tes que esguizalo. É cousa do demo —remató con furia—. Hay que cerrarlo. Atrancarlo. Nemo, nesuno. Que nadie pase.
El hijo se acercó al catre. Y le habló como no le había hablado en años.
—Todo saldrá bien, no sé cómo, pero saldrá bien.
El esfuerzo lo había agotado, y la adormidera no ayudaba. El padre se rendía sobre el catre.
—Me engañaron... Lispáronme. Hay que destruirlo. Compre fechalo.
Al hijo se le partió algo en el pecho. Había amado a aquel hombre. Y lo había odiado.
Y ahora, cuando más quería odiarlo, más lo amaba de nuevo.
—Descansa, tranquilo.
Agotado, el padre se desdibujó, se le cerraban de nuevo los ojos.
—La música —balbució el padre.
No hablaba, desvariaba.
—Los... go... gooorrr... gorriones —tartamudeó el padre.
Desvariaba, y aquello que se había roto en el pecho del hijo tintineó. Y el padre, a duras penas, arrancando las palabras a la adormidera, no callaba.
—Música eisí no la volví a escuchar yo...
Aquellos ojos, uno de cada color, aún cerrados se movían inquietos, los párpados brincaban.
—Volaban —dijo, abriendo de pronto los ojos, uno de cada color—, los gorriones...
Y volvió a cerrarlos. El padre siguió murmurando, no, tarareando. Intentándolo.
Y el hijo no lo escuchó. Absorto, tenía en las manos aquel papel envuelto en plata, y de plata eran las lágrimas que caían por sus mejillas.
A lo mejor, si hubiera tenido los ojos abiertos.
Si le estuviese hablando, no lo habría hecho.
Pero su padre murmuraba, como en una pesadilla.
Y el hijo se acercó aún más, hasta que sus canillas rozaron el marco del catre.
Dudó, con la mano levantada, como había hecho apenas unos instantes antes, una vida antes. Tan cerca y tan lejos.
Quedó allí, dudando una vez más con la mano alzada. Y en esta ocasión la bajó.
Apartó de la frente cenicienta el revoltijo de cabellos.
Dulce.
Entre pesadillas. Con párpados temblorosos. Con el ceño crispado. El padre desvariaba. Y, entre maldiciones y recuerdos, en su angustia, tarareaba.
El padre tarareaba, y el hijo conocía la melodía.