Suseia (Camino de Santiago 2) XIV
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XIV

Torpe, como un borracho de taberna, lleno de ira. Lo cogió por la túnica, lo sacudió, levantó una mano y preparó el puño, echó el brazo atrás, como si fuera a golpear un cincel. Como si fuera a partir la piedra.

Iba a golpear. A descargar su rabia.

Y el hijo miró a los ojos del padre.

El puño tembló en alto. Tembló y dudó.

Miró a los ojos de su padre, uno de cada color, los mismos ojos que habían visto sus dibujos, los mismos.

Soltó al padre de golpe, casi con asco. Y se apartó del catre.

—No vuelvas a decir algo así. No es cierto. Ella lo ha dado todo por ti. ¡Todo!

El padre fue a decir algo, pero no se atrevió, o no tuvo fuerzas.

—¡Ni se te ocurra! Ella cosía, se deshizo los dedos con aquellos puñeteros encajes para los ingleses... Si Canuto no los hubiera comprado... ¡De no ser por ella no habrías tenido para comer mientras fuiste aprendiz!

El padre quiso hablar, pero estaba envuelto en niebla, en lo profundo del bosque, perdido.

—Itoiz...

Apenas un quejido. Incomprensible.

—Ella fue quien habló con el viejo Remigio —escupió el hijo—. Le pidió un préstamo al tío y pagó por tu primer año de oficial...

—Itoiz... Pero...

No le dejó continuar, no se lo consintió. El hijo hervía.

—Ella lo dejó todo por ti. Y volvió a hacerlo, le pagó a Verrondo para que llegases a oficial. Sin el dinero de los tíos no hubieras sido nada. ¡Nada!

El padre no comprendía, no recordaba. No sabía.

—No...

—Te ibas temprano, volvías tarde. Y jamás se quejó, aunque no tuviera más que una de esas asquerosas tortas del manco.

—Yo, no... Eu... Es que...

—Jamás te pidió nada, eras tú el que siempre hablabas... Tres tantos de salario, cinco, diez... Oficial, maese, algún día seré maese, se te llenaba la boca y mamá y yo...

Resopló, cansado. Ya no había rabia, sólo cansancio y pena.

—Primero tus piedras —se quejó el hijo—, tus piedras primero...

El padre, perdido. Naufragaba en un mar de dudas. Ya no estaba seguro siquiera de sus recuerdos. No pudo hacer otra cosa que excusarse.

—Quería lo mejor para ella. Para ti. Optimu.

La última palabra un susurro.

Y el hijo terminó por sentarse, agotado, en un escabel que frade Gutierre usaba para llegar a los estantes más altos, preñados de remedios y potingues.

Miró a su padre, con aquel cansancio infinito.

—No hacía falta una casa más grande, no hacía falta más dinero... Nos hacías falta tú, ¿por qué crees que empecé a trabajar contigo...?

Sacudió el rostro, y sus cabellos bailaron sobre su frente, como hacían los de su padre.

Se parecían, más de lo que les hubiera gustado admitir.

—Eso decía mamá —continuó el hijo cargado de cinismo—, si trabajáis juntos, estaréis juntos...

Estaba arrancándose las vísceras, pero el hijo tenía que continuar.

—Son las únicas mentiras que dijo jamás, para protegerte —salpicado de desprecio—. Él te quiere... —manchado de ironía—. Está orgulloso de ti...