XIII
Se lo contó.
Casi podía escuchar a las cuñas de castaño trabajando con la helada. Casi podía escuchar aquella endiablada melodía.
—Volía terminar —sollozó el padre—. Tenía que terminar —se excusó—. Me engañaron —concluyó.
Y se hundió en el catre como en un abismo insondable, perdido para siempre en las profundidades.
El hijo no vio balancearse la sombra del ahorcado. No vio la angustia del padre.
—¿Los mataste? —preguntó inexorable.
El padre suspiró.
—¡No!
El padre dudó.
—No...
El padre se resignó.
—No lo recuerdo.
El hijo no tenía dudas. Y ahora no preguntó. Ahora afirmó:
—Los mataste.
—Itoiz —se defendió el padre—. No. Yo... Yo sólo quería murear, trabajar, construir.
—Tú los mataste —repitió el hijo, cansado—. No te bastaba con trabajar, no mientas. Tú querías ser recordado, triunfar donde Arrio fracasó, ser el mejor de todos y cubrirte de gloria... A cualquier precio.
—Estaba solo, no tenía nada. Agiaba para comer. Tu abuelo...
No era fácil explicar una vida en pocas palabras. La ambición, el miedo, la vergüenza.
—¡Nunca me hubieran hecho maese! —se quejó el padre.
—Y mataste a Verrondo...
—Ellos me obligaron —dijo el padre.
Y el hijo arrugó los labios y escupió su escepticismo.
—¡Jamás he oído de una pareja así! He tocado toda mi vida, conozco a todo músico que se precie al norte del Tajo —se levantó lleno de rabia, se alejó del catre con pisotones que hicieron temblar las hierbas sobre la gran mesa, incluso cayeron al suelo unas flores secas de manzanilla—,
todos vienen antes o después a tocar a Compostela —regresó junto al catre, en pie, sobre el padre como una tormenta sobre un campo recién plantado, devastador—. ¡Jamás he escuchado esos nombres!
Había crueldad en aquel escepticismo. Había desprecio. Y aún puso un clavo más.
—Los mataste, roído de ambición, ¡tú los mataste! Para acabar tu mierda de catedral.
El orgullo y la rabia vibraron en los labios apretados, aguantó el hijo un instante más.
—Por tu catedral... Por tu pórtico...
Dio la vuelta. Imposible callar. Imposible contenerse. No dejó que el padre hablase.
—Nada de lo que hacía estaba bien... —Hurgaba con una aguja caliente en viejas ampollas—. ¡Nada! Nunca era tan bueno como debería —hablaba un dolor enraizado en un niño con la cabeza llena de ilusiones y las manos llenas de dibujos—. Daba igual lo que hiciera... Fuiste tú, ¡tú me apartaste!
Los ojos, uno de cada color, se cerraron al oírlo. Pero el orgullo reaccionó, imparable.
—¡Te fuiste!, ¡me abandonaste! Todos me abandonaron. Nengún. Nadie creyó jamás en mí...
Eran dos dragones escupiendo fuego. Y si frade Gutierre hubiera vuelto al herbolario hubiera creído que padre e hijo iban a llegar a las manos.
—¡Tenía que seguir tu camino! —protestó el hijo—. ¡¡El tuyo!!
Resollaba, y sus ojos, que tenían ambos el color del mar, se volvieron una tormenta.
—Y jamás lo habría hecho tan bien como para complacerte. Siempre habría algo que mejorar, Algo que cambiar. No escuchabas —tascó el hijo entre dientes—, ¡nunca has escuchado!
El padre se incorporó en el catre y contraatacó.
—¡Me abandonaste! ¡Todos me abandonaron! —sentenció el padre—. Me quedé solo, soíño, hasta... Hasta tu madre.
Y el hijo se abalanzó sobre el padre.