Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

No contestó. Gimió de nuevo. Ahogado en adormidera y pesadillas, con los ojos, uno de cada color, cerrados. Y sus párpados palpitaban, luchando inútilmente por abrirse.

El hijo usó compresas frías. Ofreció agua. Pero no ofreció consuelo. En ningún momento vertió dulzura sobre el padre. Lo quería consciente, necesitaba respuestas.

Y se le agotó la paciencia. Lo sujetó por los hombros sin advertir que apenas eran hueso y piel, y lo sacudió.

—¡¿Qué has hecho?!

Por tercera vez.

Y el padre, reaccionó por fin.

—Esqueiraban. Me engañaron...

—¿Quién?, ¿de qué hablas?

—Acab y Acaz.